Cali, agosto 27 de 2026. Actualizado: miércoles, agosto 26, 2026 20:20
Cuando Cali tembló, pensamos en los nuestros
La tierra se mueve durante unos segundos, pero hay momentos en los que esos segundos parecen durar una eternidad.
El terremoto que sacudió a Cali dejó daños visibles en edificios, calles y viviendas, pero también produjo otro tipo de impacto, mucho más difícil de medir: el que quedó en la memoria y en las emociones de quienes lo vivieron.
Once días después del terremoto les hice cinco preguntas a 48 estudiantes de la Universidad Icesi.
No se trató de una encuesta diseñada para representar estadísticamente a todos los jóvenes de Cali.
Fue, más bien, un ejercicio académico para escuchar sus emociones, sus recuerdos y las reflexiones que les quedaron después de una experiencia que alteró por unos instantes la normalidad de la ciudad.
Al leer sus respuestas encontré miedo, angustia, desesperación e incertidumbre.
Pero encontré también algo que se repetía una y otra vez: cuando sentimos que nuestra vida puede estar en peligro, muchas de las cosas que normalmente consideramos importantes dejan de serlo.
El pensamiento se dirige hacia las personas que queremos.
Catalina Gómez estaba sola en su apartamento, en un piso 12.
“Sentí demasiada angustia, incertidumbre y miedo. Sentí que me iba a morir; lo viví sola en mi apartamento en un piso 12 y escuchaba todo caerse y romperse”, escribió.
La frase “sentí que me iba a morir” aparece de distintas maneras en varias respuestas.
No es difícil entenderlo. Para quienes hemos experimentado un temblor fuerte, existe un instante en el que desaparece nuestra sensación habitual de control.
El suelo, que damos por hecho que permanecerá inmóvil, deja de hacerlo.
Valentina Rivera describió su experiencia de una manera todavía más contundente:
“En ese momento pensé que iba a morir, sentí desesperación y resignación”.
La palabra resignación resulta particularmente fuerte.
El terremoto coloca a una persona frente a una realidad incómoda: hay situaciones que simplemente no podemos controlar.
Uno de los testimonios que más me impactó fue el de Kendall Espejo.
Se encontraba sola en un piso alto. La intensidad del momento era tal que sus manos temblaban y le costaba sostener las llaves.
Cuando terminó el movimiento comenzó, como muchos, a tratar de comunicarse con las personas que quería.
Ese fue otro comportamiento recurrente en las respuestas de los estudiantes.
Pasado el primer instante, aparece el teléfono.
¿Dónde está mi mamá? ¿Mi papá está bien? ¿Mis hermanos? ¿Mis amigos? ¿Mi pareja? ¿Mis abuelos?
No preguntamos primero por el carro, el computador, el televisor o los objetos que tenemos en la casa. Preguntamos por las personas.
En el caso de Kendall, uno de sus amigos no respondió. Posteriormente supo que había fallecido después del colapso de su edificio.
Su experiencia muestra la dimensión más dolorosa que puede adquirir una tragedia natural: el momento en el que el miedo deja de ser una posibilidad y se convierte en una pérdida real.
También me llamó la atención la respuesta de Sofía Cardozo Cháux:
“Solo quise abrazar a mi familia tratando de protegerla y pensando que todo se iba a acabar”.
Hay algo profundamente humano en esa reacción. Probablemente ninguno de nosotros tiene realmente la capacidad de proteger a su familia de un terremoto. Sin embargo, nuestra primera reacción es intentarlo.
Abrazar, Buscar. Llamar. Saber que están bien.
Es posible que allí exista uno de los principales aprendizajes que dejan las respuestas de estos estudiantes.
Vivimos buena parte de nuestra vida acumulando preocupaciones.
Nos angustia una nota, una deuda, una discusión, una reunión, un negocio, el tráfico o un mensaje que alguien no respondió.
Construimos rutinas en las que muchas veces confundimos lo urgente con lo importante.
Pero basta con que la tierra se mueva durante unos segundos para reorganizar nuestras prioridades.
Daniel Castillo lo expresó con enorme sencillez al reflexionar sobre lo ocurrido:
“Lo que importa en la vida verdaderamente es la familia y los amigos, lo material termina en un segundo plano”.
Youichi David Tanaka Escobar llegó a una conclusión parecida:
“No hay cantidad de dinero que compre el tiempo en familia”.
Estas reflexiones no significan que lo material no tenga importancia.
Perder una vivienda, un negocio o los ahorros de toda una vida puede ser devastador.
Pero frente a la posibilidad de perder a alguien que queremos, aparece una escala distinta de valores.
Quizá por eso los terremotos no solamente producen movimientos geológicos.
También producen movimientos interiores.
Nos recuerdan nuestra fragilidad.
Nos muestran que aquello que considerábamos permanente puede cambiar en segundos.
Y nos obligan a preguntarnos por aquello que realmente vale la pena conservar.
Catalina Gómez lo resumió así:
“La vida es muy frágil y de verdad hay que ser demasiado agradecidos”.
Puede parecer una conclusión sencilla, incluso obvia. Pero con frecuencia necesitamos que algo extraordinario ocurra para recordar las verdades más elementales.
Quince días después de aquel terremoto, al leer las respuestas de estos 48 jóvenes, me quedó una impresión clara: cuando Cali tembló, también temblaron muchas de nuestras certezas.
Y cuando por algunos segundos pensamos que todo podía terminar, lo primero que hicimos fue buscar a los nuestros.
