Cali, septiembre 11 de 2026. Actualizado: viernes, septiembre 11, 2026 04:00
El elefante en la habitación
En psicología hablan de la moraleja del elefante en la habitación.
Está basada en una historia que habla de muchas personas que están en un lugar donde hay un elefante, pero nadie habla de él, aunque todos lo ven.
En nuestras familias, nuestras casas, nuestras comunidades y nuestros trabajos hay grandes elefantes con los que convivimos a diario y no los nombramos.
Sabemos que están ahí y preferimos no decirlo nunca en voz alta.
Y ahí está el problema: esas situaciones que no nombramos, que tratamos de dejar debajo de la alfombra, son las que no nos permiten avanzar.
Hay elefantes en algunas casas y entre ellos hay uno muy conocido que llamamos violencia intrafamiliar.
Esa violencia no es solo el maltrato físico, porque ese es el que podemos ver a simple vista.
El maltrato psicológico no deja marcas visibles, no se le puede tomar una foto, pero es igual, o tal vez incluso peor que el físico, porque mina y destruye la autoestima de las personas afectadas.
En los empleos hay elefantes que llamamos abuso laboral y pensamos que eso es cuando el jefe grita al empleado, pero incluso puede ser más sutil: cuando a alguien no se le reconoce su labor, no le dan los descansos o no se reconoce su trabajo; cuando se cree que el empleador hace un favor al dar un salario y no se entiende que existe una relación balanceada donde ambos dan y ambos reciben.
En nuestras comunidades de creyentes hay elefantes como la apariencia, la falta de solidaridad o la falta de sinceridad, y buscamos mantener la apariencia sobre la verdad, aunque pueda ser difícil.
Todos esos elefantes son difíciles de nombrar y de hacernos cargo de ellos, y lo son porque es muy fácil pretender que otro se haga cargo.
Y así nadie quiere iniciar la conversación difícil.
Hay un elefante, a veces más grande y hasta aterradores, y lo es porque no están fuera: está en nosotros, en nuestra forma de ver el mundo y en la sociedad en que vivimos.
Y, aun peor, es como un gran lente que hemos colocado en nuestros ojos y actúa como un filtro que determina la forma como nos relacionamos con otras personas.
Ese elefante puede llamarse prejuicio. Puede ser la manera como juzgamos a alguien antes de conocerlo, la forma como clasificamos a las personas por lo que tienen, por el lugar donde viven, por su manera de pensar o simplemente por aquello que no entendemos.
Lo peligroso es que, cuando ese elefante lleva demasiado tiempo en la habitación, dejamos de verlo y comenzamos a creer que hace parte natural del paisaje.
Así aprendemos a convivir con la discriminación, con la indiferencia y con la exclusión como si fueran situaciones normales.
Vemos a una persona que necesita ayuda y pensamos que alguien más se hará cargo.
Escuchamos una injusticia y preferimos guardar silencio porque no queremos problemas.
Vemos que alguien es tratado de manera diferente y encontramos una explicación para justificarlo.
El problema no es solamente que exista el elefante. El verdadero problema comienza cuando aprendemos a vivir alrededor de él.
Tal vez por eso necesitamos recuperar algo que parece sencillo, pero que cada vez nos cuesta más: la capacidad de nombrar las cosas.
Decir que algo está mal cuando realmente está mal. Reconocer que una relación nos está haciendo daño.
Admitir que una institución puede equivocarse. Aceptar que nosotros mismos podemos estar viendo el mundo desde un prejuicio.
Nombrar el elefante no significa destruirlo inmediatamente, pero sí significa dejar de fingir que no existe.
Y quizás ese sea el primer paso para comenzar a cambiar aquello que durante mucho tiempo hemos preferido ignorar.
Jesús habló muchas veces de aquello que las personas preferían no mirar.
Se acercó al enfermo, al excluido, al pecador y al que la sociedad había aprendido a mirar desde lejos.
No porque quisiera llamar la atención sobre el problema, sino porque para él ninguna persona podía convertirse en un elefante al que todos prefiriéramos no mirar.
Quizás nuestra tarea hoy sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil: mirar alrededor, reconocer qué elefantes tenemos en nuestras habitaciones y atrevernos a decir sus nombres.
Porque mientras todos sigamos diciendo que allí no hay ningún elefante, el elefante seguirá ocupando el espacio que debería estar destinado a nosotros, a nuestras relaciones y a nuestra capacidad de vivir juntos de una manera más humana.
