Cali, julio 24 de 2026. Actualizado: jueves, julio 23, 2026 20:22
El Niño, el clima es un síntoma de quienes somos
En este momento es imposible negar la existencia de un fenómeno meteorológico que altera profundamente el clima de nuestro planeta.
Sin embargo, todavía hay personas que sostienen que se trata de un proceso completamente natural y que no ha sido agravado por la intervención humana sobre el medio ambiente.
Como ya podrá imaginar el lector, no hablo de la niñez como etapa de la vida, esa época maravillosa en la que, como esponjas, estamos abiertos a absorber conocimiento.
Me refiero al fenómeno climático de El Niño, cuyo nombre, debo admitir, nunca he entendido del todo y que, a mi manera de ver, se ha vuelto escandalosamente normal en nuestras conversaciones.
Lo verdaderamente preocupante no es solo el fenómeno en sí, sino la actitud con la que lo contemplamos.
Nuestra posición frente a esta realidad es uno de los síntomas de la indiferencia social que hemos desarrollado frente a la vida en comunidad.
Pareciera que el problema climático fuera responsabilidad exclusiva de los gobiernos o de las autoridades ambientales, cuando en realidad también nos corresponde a cada uno de nosotros.
Sería ingenuo afirmar que toda la culpa recae sobre el ciudadano común.
Existen países e industrias que han contribuido de manera desproporcionada al deterioro ambiental, del mismo modo que muchas dificultades sociales tienen su origen en estructuras económicas, políticas y sociales mal organizadas.
Pero también sería un error concluir que nuestras acciones individuales no tienen ningún valor.
Siempre tenemos algo que aportar, algo que decir y algo que hacer.
Porque cuando yo cambio, también cambia mi entorno. La historia ha demostrado que la lógica del «sálvese quien pueda» jamás ha construido una sociedad mejor.
Entonces la pregunta deja de ser qué deberían hacer los demás y pasa a ser: ¿qué hago yo para mejorar, aunque sea un poco, el mundo que me rodea? Tal vez comenzar con pequeños gestos: reciclar, consumir únicamente lo necesario, cuidar el agua, sembrar un árbol, reducir el desperdicio o enseñar a nuestros hijos el valor de respetar la naturaleza.
Pero, sobre todo, es hora de volver a mirar al otro como una persona digna.
El otro no está en este mundo como un error de la naturaleza ni de Dios.
Todos compartimos el mismo derecho a disfrutar de esta casa común y, al mismo tiempo, todos compartimos la responsabilidad de cuidarla.
El cambio climático no solo habla del estado de los bosques, los ríos o la atmósfera; también revela el estado de nuestro corazón.
Cuando perdemos la capacidad de pensar en el bien común, terminamos destruyendo aquello que nos sostiene. Por eso, cuidar el planeta es también aprender a cuidar nuestras relaciones, nuestras ciudades y nuestras comunidades.
Es hora de rescatar valores como la solidaridad, el respeto, la amabilidad y la responsabilidad.
Quizá no podamos cambiar el mundo de un día para otro, pero sí podemos decidir que nuestro paso por él deje una huella distinta. Al final, el clima también termina siendo un reflejo de quienes somos como sociedad.
