Cali, marzo 10 de 2026. Actualizado: martes, marzo 10, 2026 22:00

Javier Navarro O.

La Policía Nacional entre el desdén político y el silencio institucional

Javier Navarro O

En los últimos años, la Policía Nacional de Colombia ha enfrentado no solo los desafíos propios de la seguridad ciudadana, sino también una inestabilidad interna derivada de decisiones políticas que carecen de una visión estratégica clara.

Bajo el gobierno del presidente Gustavo Petro, la institución ha sido objeto de un debilitamiento progresivo, acompañado de cambios abruptos que han socavado su estructura de mando, erosionando su moral y derivando un preocupante vacío de liderazgo.

No es menor el hecho que en lo corrido del gobierno se hayan removido cuatro directores de la Policía, este nivel de cambios convenientes no solo rompe la continuidad en las políticas de seguridad, sino que envía un mensaje de incertidumbre al interior de la institución.

El nivel de irresponsabilidad del presidente Petro, parece ir más allá del cálculo político, da la impresión de que no solo busca debilitar la Policía, sino instrumentalizarla para encubrir sus propios fracasos, desaciertos, cuestionamientos y más grave aún la corrupción estructural que permea su gobierno.

A ello se suma el retiro constante de generales, que ya son alrededor de 32, muchos de ellos con amplia trayectoria, en medio de decisiones que, en ocasiones, se perciben más políticas que técnicas.

El caso reciente del General Edwin Urrego, quien se desempeñaba como Comandante de la Metropolitana de Cali, resulta particularmente preocupante.

Su retiro, basado en una supuesta situación relacionada con un posible montaje, deja más preguntas que respuestas.

Este tipo de decisiones no solo afecta a los oficiales directamente involucrados, sino que generan un efecto expansivo en toda la institución. Se instala un ambiente de temor, desconfianza e incertidumbre, donde el mérito y la trayectoria parecen ceder ante la sospecha y la discrecionalidad.

Sin embargo, esta reflexión no puede quedarse únicamente en la crítica al poder político. Las instituciones no son entes abstractos; están conformadas por hombres y mujeres que tienen formación, criterio y responsabilidad.

Y es aquí donde surge una inquietud igualmente profunda: ¿dónde está la voz de quienes son afectados?

Preocupa el silencio, preocupa la pasividad, preocupa que decisiones que impactan el honor, la carrera y la dignidad de oficiales sean asumidas sin una postura clara, sin una defensa firme, sin un ejercicio legítimo del derecho a controvertir.

Porque cuando el silencio se vuelve la respuesta, se corre el riesgo de que la narrativa dominante se convierta en verdad incuestionada.

La disciplina no puede confundirse con sumisión. El respeto por la institucionalidad no implica renunciar al carácter.

Por el contrario, una institución fuerte se construye también desde la capacidad de sus miembros para defender su nombre, exigir garantías y expresar con firmeza sus posiciones cuando consideran que han sido vulnerados.

Hoy, la Policía Nacional enfrenta un doble desafío. Por un lado, la necesidad de recuperar la estabilidad y el respeto desde el poder político; por otro, la urgencia de fortalecer el carácter interno de quienes la integran.

No basta con portar un uniforme, se requiere también la valentía de defender lo que esta representa.

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martes 17 de febrero, 2026
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