Cali, marzo 4 de 2026. Actualizado: miércoles, marzo 4, 2026 22:25
Mis queridos hermanos (los de sangre y los del alma)
Todos tenemos o somos y actuamos como hermanos, hasta quienes no han tenido hermanos o hermanastros (es decir, hijos de los mismos padres o de uno de ellos).
Todos, incluso a quienes su madre biológica no les dio un hermano de sangre, porque la vida les ha permitido conocer (en el trabajo, estudio, vecindad, un accidente o una celebración…) a otras personas con quienes han construido tal confianza que se ven a sí mismos como hermanos del alma, amigos entrañables que se identifican de tal forma como si hubieran nacido en el mismo hogar.
Gracias por ello. Más allá de si tener un hermano de sangre ha sido producto de un obrar divino que permitió a las madres dar vida a dos o más hijos, o si es algo atribuible al destino, poder convivir o relacionarnos con alguien a quien consideramos un hermano – hermana, es un regalo de la vida para favorecer nuestro tránsito por este mundo, para disfrutarlo más, e incluso para paliar dolores y hasta para humanamente complementarnos.
Es cierto que el tener uno o varios hermanos o hermanas biológicos no es garantía de vivir en unidad, compromiso recíproco y vida plena.
Son muchas las familias que mal viven y parecen en guerra permanente, y que sus hermanos solo entienden la convivencia como competencia y ofensa, desconociendo que compartir un ADN constituye una circunstancia única para encontrar otras formas de entender, disfrutar y superar tristezas desde una misma mirada genética.
También es cierto que no todos los amigos, ni los buenos amigos, son hermanos del alma, ni que todos los hermanos son los mejores amigos.
Aunque los hermanos no siempre son amigos, los amigos siempre pueden ser hermanos.
Porque la cercanía e identificación en torno de lo que consideramos esencial en la vida es una poderosa fuerza que une a quienes, desde el respeto y la diferencia, se sienten unidos en torno de visiones y desafíos comunes.
Pero el identificar a otra persona como hermano – hermana demanda un serio compromiso consigo mismo y con él – ella.
La responsabilidad de, aún con proyectos de vida radicalmente diferentes, caminar el mismo trayecto de bondad, paz y de preocupación por el otro y, a través del bienestar del otro, de buscar la propia buena vida.
Los buenos amigos así se consideran por la confianza y el disfrute de los momentos de la vida; del conocimiento del otro y de los consejos, a veces no tan buenos.
Los hermanos del alma, en cambio, son amigos inseparables que van más allá de la confianza, porque sienten que el destino del uno está irremediablemente unido al otro.
Mientras que a los buenos amigos la distancia, el trabajo, las diferencias, el dinero o los gustos amenazan con separarlos; en los hermanos del alma, como en los de sangre, la preocupación por la suerte y el destino del otro nunca desaparece, incluso si hay diferencias que los lleva a alejarse.
Nuestros hermanos son los primeros que nos escuchan, y a ellos les debemos toda la dedicación posible; el diálogo sincero, sin disimulo alguno; el consejo crítico, con amor y sin destrucción; el corazón afligido para compartir penas; el oído atento para escuchar siempre y el brazo fuerte para sostenerlo cuando todo parece derrumbarse.
Porque con los hermanos es donde mejor se aplica aquella sentencia del “hoy por ti, mañana por mí”. En ellos nos vemos reflejados y su destino es como si fuera el nuestro.
Ellos son quienes nos defienden cuando hablan mal de nosotros, quienes saben ponernos en nuestro sitio incluso si somos nosotros quienes les tratamos mal, y son ellos quienes nos recuerdan el norte cuando nos desubicamos en la vida. Les debemos mucho.
Ellos han sido testigos y defensores de nuestra vida, y sin interés laboral, económico, social o material, ponen su piel por nosotros. Y nunca los valoramos lo suficiente. Procuremos darles, siempre, más de lo que nos ofrecen.
Los hermanos, tanto los de sangre como los del alma, son un regalo. No lo desaprovechemos. Por nuestro bien, pero también por el del legado de nuestros padres y el buen ejemplo que moralmente estamos llamados a dar a nuestros hijos.
