Cali, marzo 18 de 2026. Actualizado: martes, marzo 17, 2026 21:58
Patricio Romano Petronio Álvarez Quintero
Buenaventura es una de esas ciudades ancladas en el pacifico colombiano que por su ubicación y su gente se ha caracterizado a través del tiempo por ser una despensa de talentos virtudes y sobre todo de resiliencia.
Fundada por Juan de ladrilleros en el año 1540, desde entonces se ha convertido en el principal puerto sobre el litoral pacífico, además la llaman la isla de cascajal, el 60% de los productos importados que se comercializan en Colombia cruzan por el canal de panamá y son descargados en Buenaventura permitiendo un crecimiento económico industrial y comercial al país que de alguna manera debería verse reflejado en la vida económica de los porteños, sin embargo gran parte de estos colombianos viven en la pobreza con tendencia a empeorar.
Buenaventura ha sido semillero de hombres y mujeres talentosos que desde sus quehaceres han demostrado su capacidad innovadora y sobre todo su inteligencia para la música, el folclor y todas esas expresiones que de alguna manera hacen parte de la ancestralidad y de la cultura del pacifico.
Pues bien; hoy haremos alusión a un Bonaerense afrodesendiente que nació dos años después del hundimiento del titani y en el mismo año que inicia la primera guerra mundial me refiero a Patricio Romano Petronio Álvarez.
Petronio Álvarez
Este talentoso negro desde su infancia soñó con la música, fue su principal pasión, no obstante, la situación económica lo obligó a vender pan y empanadas de cambray, típicos del Valle del Cauca, las cuales eran parte del emprendimiento de su señora madre doña Juana Francisca. Petronio era un niño talentosos que a temprana edad mostraba unas virtudes excepcionales que llamaba la atención de mucha gente, y una de ellas se evidenció al momento de salir a la calle a vender las empanadas; para ello, utilizó una décima la cual decía así: “empanadas de cambray, para las viejas, aquí hay, el que no me las compre, déjelas ahí” esa copla pegó y con ello permitió que se disparan las ventas de las empanadas.
Con el trascurso de los años fue creciendo y siguiendo los pasos de su señor padre ingresó a trabajar como “aguatero” al poco tiempo pasó a los talleres del ferrocarril y al final cumplió su sueño de ser maquinista de una locomotora la cual era conocida como la palmera. Como llevaba por dentro el sonido del currulao y todas esas expresiones musicales del pacifico, en los momentos de descanso mientras conducía la pesada máquina, tocaba la guitarra para deleitar a sus compañeros del ferrocarril. En 1942 conoció a Veneranda Arboleda Rodríguez, once años después se casaron, en la Iglesia de San Nicolás de Cali.
Petronio Álvarez siempre viajó con el cupo completo de su locomotora, mientras que en una mano cargaba un estuche rústico con las herramientas para arreglar cualquier avería que pudiera tener el tren, en la otra portaba la guitarra para hacer más amenos los desplazamientos sobre las líneas paralelas del ferrocarril.
Al ser el comandante del tren y el encargado de marcar el paso rumbo al horizonte, el único público que tenían sus interpretaciones era el viento, que durante varios años se llevó sus melodías sin sospechar que serían parte esencial del folclor de la región del Pacífico colombiano y que además registraban la idiosincrasia de una población afro que insistía en la conservación de su identidad.
De su madre, Juana Francisca Quintero Asprilla, heredó la facilidad para crear versos y la magia para inventarlos de la nada, para improvisar, y para que esas composiciones espontáneas fueran documentos sonoros en los que se consignaron sentimientos y los pálpitos de una comunidad en situación marginal. Composiciones como Vespertina, Bochinche en el cielo, Coja la pareja, Felisa, Cali, ciudad sultana, El Cauca, La caña de azúcar y, por su puesto, Mi Buenaventura, su canción más popular, hicieron de Petronio Álvarez un cronista de renombre en el pacífico, Colombia y el mundo.
