Cali, febrero 4 de 2026. Actualizado: martes, febrero 3, 2026 23:07
Un jaguar domesticado
Tanto era el miedo, que llegó puntual, bañado y bien lucido. No hubo rugido, no hubo confrontación, no hubo grandeza ni carácter, solo cálculo y prudencia excesiva.
En la Casa Blanca no apareció el jaguar feroz que Petro prometió ser, sino un felino cuidadosamente peinado para la foto, contenido en gestos y moderado en palabras. Todo estaba bajo control, especialmente él.
Esta reunión entre Gustavo Petro y Donald Trump se parece demasiado a otras ya conocidas. No fue un encuentro entre iguales, fue una escena repetida, la misma lógica que Trump ha aplicado con figuras como Delcy Rodríguez.
Trump no grita ni humilla cuando no lo necesita, aplica una regla simple y efectiva, entre más cerca tengo a mi enemigo menos peligroso es. Y eso fue exactamente lo que hizo con Petro, lo sentó cerca, lo escuchó y sin levantar la voz lo sometió.
Trump no estaba interesado en pasar a la historia como un líder que se confronta con enemigos ideológicos de la región. Al contrario.
Lo mantuvo bajo su órbita, le dio la foto, el apretón de manos y la ilusión de ser escuchado, mientras dejaba claro quién manda realmente. Cuando el poder es real, no necesita gestos grandilocuentes.
Petro salió feliz. Agradecido. Casi aliviado. No hubo reproches, no hubo exigencias públicas, no hubo desaires. Trump no fue capaz de ir más allá de darle un apretón de manos y escucharlo decir todo lo que fue a pedir.
Y eso, paradójicamente, fue suficiente para tranquilizarlo. Pero ahí está el verdadero problema, la factura no se paga en Washington, se paga en Colombia, y llegará en forma de compromisos, presiones y decisiones que no se anuncian, pero que terminan pesando sobre el país.
Porque ahora Petro tendrá que regresar a cumplir todo lo que prometió. Y no es poca cosa. En esa conversación, sin duda, quedó claro algo esencial, el futuro internacional de Petro depende exclusivamente de Trump, incluso asuntos tan delicados como la temida lista Clinton. Eso explica la sonrisa y el por qué el jaguar terminó convertido en un gatito.
Trump, por su parte, también está satisfecho. Él quiere pasar a la historia como el hombre de la paz, el líder que domestica conflictos sin disparar una bala.
Un Nobel no le estorbaría, y escenas como esta alimentan ese relato. Petro le sirve más obediente que confrontacional, más dócil que desafiante.
Aquí no se trata de si se cayeron bien o si salieron como amigos. Se trata de que Petro le compró a Trump todo el paquete, con promesas incluidas.
El jaguar que prometía desafiar al imperio terminó diciendo a todo que sí, caminando en puntillas y hablando bajito para no enfurecer al águila imperial.
Petro sabe que no tiene camino distinto a luchar contra el narcotráfico en serio. Y esa es una mala noticia para la guerrilla y para los criminales con los que ha coqueteado bajo el disfraz de una paz mal entendida. Washington no negocia eso. Washington ordena.
Ahora viene lo difícil, volver a Colombia a cumplir las instrucciones del presidente Trump. Ahí veremos si el jaguar domesticado sostiene lo que prometió con sonrisa en la Casa Blanca o si el país vuelve a pagar el costo de un presidente que confundió diplomacia con sumisión.
