Cali, octubre 8 de 2026. Actualizado: jueves, octubre 8, 2026 16:33

Empresario advierte sobre las pérdidas que todavía enfrenta el campo

“Los animales no dan espera”: la batalla de José Arley Ríos para mantener vivo el campo después del terremoto

“Los animales no dan espera”: la batalla de José Arley Ríos para mantener vivo el campo después del terremoto
Foto: Archivo particular
jueves 8 de octubre, 2026

El terremoto había dañado los techos de la fábrica, desajustado las básculas y dejado varias granjas con galpones destruidos y animales muertos.

Sin embargo, José Arley Ríos sabía que había algo que no podía detenerse: la alimentación de los animales que habían sobrevivido.

Mientras los trabajadores intentaban recuperar las condiciones de producción, las materias primas permanecían expuestas y cada posibilidad de lluvia representaba una nueva amenaza.

No había tiempo para esperar a que todo estuviera reparado. Había que encontrar la manera de seguir produciendo.

“Nosotros estuvimos desde el primer día tratando de auxiliar. Usted sabe que los animales no dan espera. Produciendo como podíamos, sin techos, y pidiéndole a Dios que no nos fuera a llover”.

José Arley lleva 26 años dedicado a la actividad pecuaria y es representante legal de Proconcer, Productora de Concentrado Certificado, una empresa ubicada en Alcalá, Valle del Cauca, que articula su producción con granjas avícolas, porcícolas y ganaderas de distintos municipios del norte del Valle y el Eje Cafetero.

A lo largo de esos años ha construido una actividad económica que no termina en las puertas de su fábrica, pues alrededor de ella trabajan productores que dependen del suministro de alimento para sostener sus explotaciones.

Por eso, cuando ocurrió el terremoto, las consecuencias no podían medirse únicamente por los daños que había sufrido la planta.

También había que mirar lo que estaba sucediendo en las granjas.

En la fábrica, las afectaciones fueron principalmente estructurales.

Se dañaron cubiertas, algunas oficinas y viviendas sufrieron averías y cayeron tanques de reserva de agua.

Las máquinas resistieron el movimiento, aunque varios equipos de pesaje quedaron desajustados.

Las básculas camioneras, instaladas sobre sistemas de apoyo especiales, se desplazaron y necesitaron intervención para recuperar su funcionamiento.

José Arley reconoce que, dentro de la gravedad de lo ocurrido, tuvieron una fortuna: la maquinaria principal no colapsó.

Si eso hubiera sucedido, explica, las consecuencias habrían sido catastróficas porque recuperar esos equipos habría tomado mucho más tiempo.

Pero en las granjas la historia fue diferente.

Algunos galpones se vinieron abajo y numerosas aves murieron.

También hubo afectaciones en instalaciones destinadas a la cría de cerdos, mientras que la ganadería fue la actividad que menos sufrió.

Los productores tuvieron que enfrentarse a una situación particularmente difícil: además de retirar los daños y calcular las pérdidas, debían encontrar dónde acomodar a los animales que seguían vivos.

En algunas explotaciones avícolas, los pollos todavía no habían completado su ciclo de producción, pero las condiciones obligaron a sacrificarlos antes de tiempo.

Era una decisión dolorosa desde el punto de vista económico, pero también una consecuencia de no disponer de instalaciones adecuadas para mantenerlos.

Durante aproximadamente veinte días y hasta un mes, las actividades estuvieron marcadas por los reajustes, las reparaciones y las pérdidas.

Cada granja enfrentó dificultades diferentes y, para muchas familias productoras, volver a trabajar significó comenzar a invertir recursos que no tenían previstos.

A diferencia de otros negocios, una explotación pecuaria no puede suspenderse simplemente mientras se reconstruyen sus instalaciones.

Los animales necesitan alimento, agua, cuidados y condiciones de alojamiento todos los días.

Esa realidad convirtió la recuperación en una carrera contra el tiempo.

José Arley tuvo que pensar simultáneamente en la continuidad de la fábrica y en las necesidades de quienes estaban vinculados a su operación.

Mantener la producción de concentrado era también una forma de evitar que las consecuencias del terremoto siguieran multiplicándose en las granjas.

Todo se movió

“Los animales no dan espera”: la batalla de José Arley Ríos para mantener vivo el campo después del terremoto

Sin embargo, cuando habla de lo ocurrido, no comienza por las cifras.

Para él, la primera enseñanza fue reconocer la fragilidad humana.

Recuerda a las personas que, durante el movimiento, gritaban y pedían a Dios que se detuviera.

Aquella experiencia lo enfrentó a una realidad que, en medio de la rutina y las responsabilidades empresariales, resulta fácil olvidar: existen circunstancias sobre las que nadie tiene control.

“La primera enseñanza grandísima es sentir uno lo débil, lo frágil que es”.

Después vino otra prueba, menos inmediata pero mucho más prolongada: comprobar qué capacidad tenían los productores para continuar cuando habían perdido animales, instalaciones y parte de sus recursos.

José Arley ha visto a personas que, aun después de sufrir pérdidas importantes, intentan recuperar sus granjas y volver a producir.

Admira esa determinación, pero también considera necesario reconocer que la voluntad no alcanza para reemplazar el capital perdido.

Y allí aparece una de sus mayores preocupaciones. El campo también quedó damnificado, aunque muchas de sus pérdidas no sean tan visibles como las de los edificios destruidos.

En una granja, las consecuencias pueden encontrarse en un galpón vacío, en animales que ya no están, en una cubierta destruida o en una familia que debe endeudarse para volver a poner en marcha su actividad.

Son daños que quizá no producen imágenes tan impactantes como las de una construcción derrumbada, pero que comprometen el sustento de quienes viven de esa producción.

José Arley asegura que, hasta el momento de la entrevista, no habían recibido el acompañamiento gubernamental que esperaban para enfrentar las afectaciones económicas.

Explica que los productores necesitan recursos para reparar instalaciones, reponer animales y recuperar sus ciclos productivos.

“Para reinventarnos, lo primero que nosotros necesitamos es dinero, capital”

También expresa preocupación por las dificultades que, según testimonios recibidos de otros productores y su propia experiencia, han encontrado al acudir al sistema financiero.

Menciona particularmente al Banco Agrario y cuestiona que algunos agricultores y empresarios pecuarios continúen enfrentando procesos de cobro pese a las consecuencias económicas del terremoto.

Se trata de señalamientos del empresario que requieren respuesta de las entidades correspondientes, pero que reflejan una inquietud concreta del sector: cómo sostener una actividad productiva cuando los ingresos se interrumpen y las obligaciones financieras continúan.

Desde el Comité Intergremial Empresarial del Norte del Valle, señala, han buscado alternativas de apoyo con empresas privadas.

Aun así, insiste en que la recuperación necesita una respuesta más amplia porque las consecuencias económicas no desaparecen cuando se retiran los escombros.

Su preocupación va más allá de Proconcer. Después de 26 años de trabajo, conoce las dificultades que implica mantener una explotación pecuaria y sabe que detrás de cada granja hay inversiones, trabajadores y familias que dependen de que la actividad continúe.

El terremoto lo obligó a enfrentar una contradicción difícil: mientras la infraestructura necesitaba detenerse para ser reparada, la vida de los animales exigía que todo siguiera funcionando.

Esa tensión definió los primeros días de la emergencia y todavía marca el proceso de recuperación.

Desde el agradecimiento

“Los animales no dan espera”: la batalla de José Arley Ríos para mantener vivo el campo después del terremoto

José Arley conserva una mirada profundamente espiritual sobre lo sucedido.

Agradece que su fábrica no haya sufrido la destrucción de sus equipos principales y reconoce la capacidad de los productores para levantarse después de una pérdida.

Pero no confunde la fe con la solución de los problemas económicos.

Sabe que reconstruir una granja exige materiales, maquinaria, animales, trabajo y dinero.

También sabe que cada día de producción perdido tiene consecuencias que pueden extenderse durante meses.

Por eso, cuando recuerda aquellos primeros días, vuelve a la misma imagen: una fábrica con los techos afectados, trabajadores intentando mantener la operación y productores buscando cómo proteger a los animales que habían sobrevivido.

Allí no había espacio para detenerse a pensar cuánto tardaría la recuperación.

Había que producir, aunque fuera con dificultades, porque del otro lado había seres vivos esperando alimento.

Y esa sigue siendo, para José Arley, la realidad de un sector que también necesita ayuda para reconstruirse: el terremoto terminó, pero los animales siguen necesitando comer y las familias del campo siguen necesitando trabajar.


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