Cali, abril 4 de 2026. Actualizado: miércoles, abril 1, 2026 21:26

El hijo del hombre

Dialogando con Juan Esteban Constaín

Dialogando con Juan Esteban Constaín
Foto: Penguin Colombia
martes 31 de marzo, 2026

Carmiña Navia Velasco

El hijo del hombre”, libro de Constaín de reciente publicación es todo un reto en su lectura: tramos de gran deleite, tramos muy cuesta arriba.

Para iniciar esta conversación digo, debo decir, que a lo largo de él hay verdaderas joyas, su mirada al pasado una de ellas:

Nada cambia tanto como el pasado, nada evoluciona más con cada época que vuelve a él; el pasado es un espejo en el que se refleja, y se revela, todo presente que se asoma a sus aguas.

Esta afirmación muestra con toda claridad que no existe UNA historia y que siempre depende de las preguntas que hagamos, es decir que cada lectura puede ser una ruta.

Estamos ante una conciencia histórica y hermenéutica actualizadas y en el centro mismo del saber y del debate actuales.

Sumergirnos en la lectura de este texto conlleva una primera pregunta: ¿Cuál es el horizonte último? ¿Por qué o para qué el autor puso en marcha esta obra? La respuesta nos llega salpicada en varios apartes y muy clara en los últimos capítulos y especialmente hacia el final cuando Constaín explicita el interés que a él lo ha atravesado todo el tiempo: ¿Cómo un culto pequeño y marginal, una derivación menor del judaísmo llega a reinar en todo el mundo, después de conquistar el imperio romano? Para responderse a sí mismo el escritor inicia esta aventura. Esa pregunta es una clave de lectura y creo que de escritura.

Y esa pregunta explica porque a lo largo de nuestro recorrido por sus páginas tuvimos tantas veces la sensación certera de que lo que leíamos era una historia detallada de Roma.

Quizás lo que en el fondo Constaín se quería responder a sí mismo era por el destino de los romanos.

Pasión hacia Roma

Es claro que el autor está habitado por una gran pasión hacia Roma, la ciudad, el imperio, su grandeza o belleza.

Él lo afirma: es la ciudad más bella de la tierra. Y es esa gran pasión lo primero que nos llega en sus páginas, yo diría que en más de una ocasión esa pasión lo devora y lo obnubila.

Su planteamiento central es que el cristianismo (no exactamente Jesús de Nazaret – volveré a esta afirmación) atravesado por Pablo de Tarso, no habría sido posible sin una fusión de Grecia, sus dioses, sus misterios… Roma, sus dioses, sus luchas y su espíritu… y el profetismo hebreo.

Constaín piensa que en ese culto o iglesia naciente se sintetiza admirablemente todo este recorrido y que ello explica entonces la potencia de la naciente/creciente religión.

Compartiendo muchos de sus planteamientos y reconociendo la inmensísima investigación que este texto tiene detrás de sí, debo explicitar algunas dudas y distancias frente a él.

Creo en primer lugar que Juan Esteban se engolosina a veces con su propio saber y erudición y entonces se pierde por caminos no necesarios al tronco central de su propuesta, esto determina que puede haber un sobrante de páginas que aligerarían la lectura.

No había ninguna necesidad, por ejemplo, de que nos contara a sus lectores que conoce muy bien el griego clásico.

Lo central de mis dudas y preguntas, lo más importante va por otro lado. Me pregunto si el título del libro: El hijo del hombre no apuntaría mejor a examinar la figura histórica de Jesús, antes que poner la mirada en la religión a la que su referencia dio origen.

Dialogando con Juan Esteban Constaín

Es cierto que en algunos momentos se detiene en esa figura tamizada siempre por la mirada alemana, desconociendo otras, pero no profundiza en ella.

Comparto plenamente que Grecia y Roma están en la base misma de la religión e ideología que con Constantino a la cabeza, se apropió del Imperio Romano y se extendió por el mundo… pero Jesús, el llamado Hijo del Hombre… ¿qué tuvo que ver en todo ello? Pregunta que quizás a muchos puede parecerles muy atrevida.

Entronco aquí mis cuestionamientos frente a la obra que tengo entre manos.

La pasión por Roma, hizo que su autor descuidara y sólo lo mirara muy pasajeramente una presencia muy fuerte de la tradición griega: me refiero a los Misterios eleusinos.

Ritual y tradición extensamente estudiados por muchos investigadores y sin embargo no agotados.

Es claro que las celebraciones mistéricas vigentes plenamente hasta los siglos I antes y después de Cristo, dialogan muy de cerca con la naciente iglesia; encuentro entonces que Constaín indaga exhaustivamente en todos los ires y venires del poder romano y descuida en cambio, no sólo los misterios sino algunas presencias muy significativas del panteón griego, que se transforman o camuflan en el cristianismo.

Tradición israelita

Pero lo más definitivo, desde mi mirada, no es tampoco esto, sino que considero que el examen que se realiza en la obra de la tradición israelita es francamente muy parcial y pobre.

Este es a mi juico una falla en el libro, sobre todo teniendo en cuenta el examen que se hace de Roma. Juan Esteban afirma que Jesús se inscribe en la tradición profética, cosa que comparto plenamente, pero esa tradición profética está ausente de su mirada.

La línea profética del mundo judío se menciona y se pasa por encima de ella, sin que la voz, el pensamiento y la originalidad de los grandes profetas de Israel sean escuchada o examinada seriamente. Y esto es un pesar porque sin ellos la figura de El hijo del hombre, no puede conocerse ni entenderse.

Igualmente cuando se habla de los grupos judíos del Segundo Tempo o de los años del ministerio de Jesús habría que profundizar más en el tronco sapiencial, del que el Maestro Galileo tiene también mucha influencia.

Finalmente quiero plantear algo, más en tono de diálogo que de distancia. Constaín es historiador, yo no lo soy, pero no creo que los textos bíblicos: ni las escrituras judías, ni las escrituras cristianas puedan ser tomados como fuentes históricas… son ante todo formas y expresiones literarias que pretenden y trasmiten propuestas teológicas, sapienciales y espirituales.

Claro que “muestran” épocas y tendencias, pero hay que tomarlos con mirada muy crítica y a veces me parece que nuestro autor los toma con bastante cercanía. No lo sé.

Quizás en las escrituras judías hay algunos textos que al entenderse como crónicas pueden estar más cerca de la historia, pero los Evangelios, están lejos de ella.

Una vez explicitadas mis dudas y cuestiones, agradezco de verdad a escritor y al investigador, esta monumental obra que nos regala.

Invito a todos y todas aquellas personas que se interesan en los orígenes del cristianismo a leerla.

Para ello a veces es necesario superar un poco el exceso de información, pero eso se logra fácilmente y llegar al meollo de la lectura enriquece inmensamente nuestros conocimientos y saberes.

Constaín realiza un trabajo a caballo entre la academia más pura y los intentos de divulgación, vale la pena atreverse con estas 500 páginas.


Dialogando con Juan Esteban Constaín

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