Cali, marzo 3 de 2026. Actualizado: martes, marzo 3, 2026 15:28

Colombia frente a su espejo productivo

El país vive una desindustrialización con aroma a campo

El país vive una desindustrialización con aroma a campo
Foto: Pixabay
lunes 2 de marzo, 2026

Colombia está atravesando una transformación profunda en la composición de su aparato productivo. En las últimas dos décadas, el país ha vivido una de las caídas más pronunciadas en la participación de la industria manufacturera dentro del PIB entre sus pares regionales, una contracción que, lejos de traducirse en una sofisticación de los servicios o un salto hacia nuevas cadenas de valor, ha tenido como contraparte una expansión relativa del sector agropecuario, menos dinámico y con menor capacidad de encadenamiento productivo.

El declive industrial en cifras

Entre 2005 y 2025, la participación de la industria manufacturera en el PIB colombiano cayó del 16% al 9,9%, una reducción del 38% en su tamaño relativo.

Esta trayectoria descendente ha sido persistente a lo largo de ciclos económicos de bonanza y desaceleración, lo que sugiere que no se trata de una reacción coyuntural, sino de un cambio estructural de fondo.

En paralelo, los servicios aumentaron su peso dentro del PIB del 56,7% al 62,5%. A primera vista, esto podría parecer una transición natural hacia una economía terciarizada.

Sin embargo, el análisis revela que el crecimiento de los servicios ha sido modesto (0,5% anual) frente a la fuerte caída de la industria (-2,3% anual), y que ha estado liderado por actividades de baja productividad, como comercio y alojamiento, más que por servicios intensivos en tecnología o conocimiento.

Más preocupante aún es que el sector agropecuario fue el de mayor crecimiento relativo, aumentando en promedio 1,6% anual su participación, y alcanzando en 2025 un tamaño equivalente al de toda la industria manufacturera. Esta convergencia sin precedentes sugiere una reprimarización productiva más que una modernización sectorial.

Diagnóstico comparado: Colombia y sus vecinos

Colombia no está sola en su camino de desindustrialización, pero sí lidera la magnitud del deterioro. Mientras Perú también muestra signos de reprimarización —en su caso por la expansión minera—, países como México y Brasil han logrado mantener o recuperar parte de su base industrial.

México, particularmente, destaca por haber mantenido estable su participación manufacturera gracias a su integración en cadenas globales a través del T-MEC, y por consolidar un sector de transporte dinámico que pasó de representar el 13% al 29% de su industria.

Brasil, por su parte, vio caer su industria de 24% a 18% del PIB, pero logró una leve recuperación al 20% hacia 2025. Además, su sector agropecuario es intensivo en tecnología y con gran orientación exportadora, lo que lo convierte en un motor productivo, no un refugio de baja productividad como en Colombia.

Un problema de inversión

La desindustrialización de Colombia no solo se refleja en su estructura sectorial, sino también en su patrón de inversión. El país es el único entre sus pares que no ha recuperado los niveles de inversión prepandemia, y su tasa se mantiene como la más baja de la región.

En 2025, la inversión acumulada en cuatro trimestres estaba 8,2% por debajo de los niveles de 2019.

Esto es crítico porque industria y construcción concentran el 87,4% de la inversión nacional, pero la manufactura es justamente el sector que más pierde participación.

Esta paradoja sugiere una trampa: la caída industrial desincentiva nueva inversión, y la falta de inversión impide renovar tecnología o elevar la productividad.

Hacia una política productiva moderna

El informe de Anif lanza una advertencia clara: sin una estrategia decidida de reindustrialización o de promoción de servicios sofisticados, Colombia corre el riesgo de consolidar una estructura productiva frágil, anclada en actividades de baja productividad y poco encadenamiento.

La experiencia comparada muestra que la reprimarización no es un destino inevitable, pero evitarlo exige visión de largo plazo, políticas industriales inteligentes y, sobre todo, inversión sostenida en sectores con potencial transformador.


El país vive una desindustrialización con aroma a campo

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