Cali, septiembre 14 de 2026. Actualizado: lunes, septiembre 14, 2026 15:31
Cali: reconstruir lo mismo sería fracasar, dejemos de lado la mediocridad
El 10 de agosto debería marcar un antes y un después para Cali y el suroccidente colombiano.
No solamente porque la tierra sacudió edificios, sino porque terminó de desnudar nuestras propias grietas: infraestructura rezagada, servicios concentrados, enormes brechas territoriales y una preocupante incapacidad para pensar más allá del siguiente periodo electoral.
Durante años hemos confundido prudencia con falta de ambición. Nos hemos vuelto expertos explicando por qué aquí las grandes cosas no se pueden hacer.
Un metro es imposible, transformar un río es demasiado costoso, desarrollar nuevos aeropuertos suena exagerado, crear centros internacionales de investigación parece reservado para otros países.
Así convertimos el escepticismo en una forma elegante de mediocridad.
Hay que dejar el miedo a pensar en grande, dejar de lado que esas cosas solo pasan en Europa, en Estados Unidos, en Japón, en fin: excusas.
Kobe en Japón, pudo simplemente reconstruirse después del terremoto de 1995.
En cambio, utilizó la tragedia para reorganizar sectores urbanos y desarrollar un ecosistema de investigación biomédica.
Bilbao, España, golpeada por inundaciones y decadencia industrial, recuperó su río, transformó suelo, infraestructura y movilidad y creó una institucionalidad capaz de sostener el proyecto durante décadas.
Medellín comprendió que conectar territorios excluidos con oportunidades también era política social.
Nueva Orleans aprendió después de Katrina que reconstruir sin los barrios puede recuperar edificios mientras destruye comunidades.
Ninguna tenía garantizado el éxito. Tuvieron algo que nosotros necesitamos recuperar: ambición acompañada de método.
Nuestra reconstrucción debería comenzar por una idea incómoda: Cali no puede seguir pensándose sola. Necesitamos construir una región policéntrica.
Palmira y Jamundí no pueden ser simples ciudades dormitorio; Yumbo, el patio industrial; Buenaventura, el lugar donde están los puertos; y Buga, Tuluá o Cartago, municipios que aparecen en la agenda regional cuando alguna crisis obliga a recordarlos.
Cada territorio debe desarrollar capacidades complementarias conectadas mediante infraestructura, conocimiento y empleo.
La red hospitalaria es un ejemplo urgente. No basta recuperar hospitales en Cali.
Necesitamos un sistema de alta complejidad regional con nodos fortalecidos en Palmira, Tuluá, Buenaventura y Cartago, articulado con Popayán y el Eje Cafetero.
Hospitales capaces de atender emergencias regionales, pero también de atraer inversión en investigación clínica, biotecnología, farmacéutica, dispositivos médicos y tecnología.
La salud no es solamente gasto: puede ser infraestructura económica.
Lo mismo ocurre con la logística.
Buenaventura debe atraer capital internacional y tecnología para aumentar la competitividad portuaria. Pero el puerto no termina donde acaba el muelle. El Puerto Seco de Buga debería integrarse con un corredor logístico e industrial Buga–Tuluá.
Santa Ana, en Cartago, puede fortalecerse como nodo aéreo del corredor cafetero, mientras Tuluá debería estudiar técnicamente su potencial como terminal complementaria para carga, aviación regional o de bajo costo.
No necesitamos aeropuertos construidos para alimentar egos municipales.
Necesitamos un sistema aeroportuario regional. El objetivo debería poder dibujarse sobre un mapa: Buenaventura–Cali–Palmira–Buga–Tuluá–Cartago–Eje Cafetero.
Un corredor conectado con el Pacífico y capaz de distribuir inversión y empleo.
Porque si las oportunidades continúan concentrándose alrededor de Cali, también lo hará la presión demográfica, con toda la problemática que eso conlleva.
La descentralización económica es igualmente una política de ordenamiento territorial.
Y ninguna integración puede detenerse donde comienza la ruralidad.
Las comunidades rurales del Valle y del Cauca necesitan conectividad digital, educación técnica, salud, crédito, infraestructura y acceso real a cadenas productivas.
Seguir respondiendo a la exclusión únicamente con subsidios, presencia militar o intervenciones temporales es administrar el problema, no resolverlo.
Una región que excluye sistemáticamente territorios enteros termina pagando esa exclusión en pobreza, violencia y pérdida de productividad.
Cali, mientras tanto, necesita recuperar el protagonismo nacional que ha ido cediendo. Eso no ocurrirá pavimentando más calles.
Necesitamos proyectos que cambien la posición de la ciudad: recuperar el río Cali y progresivamente los siete ríos como estructura ambiental y urbana; volver a habitar el centro; utilizar el Tren de Cercanías para crear nuevas centralidades; convertir la salsa y el Pacífico en industrias culturales internacionales.
Pero no menos importante, es más de manera urgente e indispensable necesitamos producir conocimiento.
Debemos crear laboratorios regionales de economía mixta para investigación, desarrollo e innovación, financiados por empresas, Estado, universidades y capital internacional, concentrados inicialmente en tres sectores donde ya tenemos ventajas: ciencias de la vida y tecnología médica; software e inteligencia artificial; y tecnología agroindustrial.
No otro edificio vacío con la palabra “innovación” en la fachada. Pero nada de esto sobrevivirá si seguimos administrando el desarrollo regional con calendarios electorales.
Necesitamos una Gerencia de Transformación Cali-Región a veinte años, con Nación, departamento, municipios, empresarios, academia y ciudadanía; metas quinquenales públicas y capacidad para estructurar proyectos, atraer inversión y garantizar continuidad.
Ahí aparece nuestro enemigo más peligroso y no es la falta de dinero.
Es el pequeño feudo político. El alcalde que necesita inaugurar “su” proyecto. El dirigente que prefiere bloquear una iniciativa antes que permitir que otro se lleve el reconocimiento. El municipio que compite contra su vecino cuando debería complementarlo. Y, rondando siempre, la corrupción esperando convertir cualquier gran inversión en botín.
El 10 de agosto nos obligó dolorosamente a tocar fondo.
Podemos reconstruir hospitales, carreteras y edificios y regresar exactamente al lugar donde estábamos o entender que una tragedia también puede convertirse en un punto de inflexión.
Esta región no necesita recuperar el pasado. Necesita construir futuro y para hacerlo tendremos que abandonar primero la idea más mediocre de todas: que pensar en grande es algo que solamente pueden hacer otros.

