Cali, febrero 6 de 2026. Actualizado: viernes, febrero 6, 2026 21:10
Colombia, perdóname
Si pudiéramos humanizar a nuestra Patria, Colombia, y le preguntáramos a ella cómo se siente con sus habitantes, seguramente nos diría: “Estoy al servicio de todos, y les he ofrecido todas mis riquezas. Pero me han ido desangrando lentamente; por la deforestación y contaminación de ríos, por la apatía e indiferencia ante la violencia, por el clientelismo político que me roba recursos, por los líderes sociales abandonados a su suerte y sacrificados en mis campos, y por la corrupción y la violencia de quienes buscan hacerse ilegalmente mis tierras. ¡Por favor, dejen de hacerse daño y dejen de hacerme daño! Yo he estado siempre con Ustedes, pero no estoy seguro de que pueda hacerlo el día de mañana”.
Por ello, mi patria querida, quiero pedirte perdón por todo lo que me has dado y por la ingratitud que, en cambio, he tenido hacia ti.
No escogí nacer aquí, e incondicionalmente me aceptaste. Me has brindado los más hermosos paisajes, todos los pisos térmicos, agricultura y ganadería para disfrutar a no más poder, e infinitas riquezas naturales, entre otras muchas, que me permitieron afincarme en tus tierras, hallar múltiples oportunidades y prosperar.
Y te he pagado con descuido, indiferencia y crítica. He cuestionado a mis compatriotas, he maldecido desastres naturales y he peleado y discutido con mis hermanos de origen geográfico.
Pero también he disfrutado de tus hermosas melodías musicales con las más variadas tonalidades y ritmos, de una oferta gastronómica sinigual, y he convivido con tus pueblos, culturas, etnias, ciudades y campos de todos los estilos, de los que he aprendido de tu riqueza, sin reconocer toda tu riqueza.
En tus tierras, genes, pueblos y habitantes aprendí del respeto a la tradición, a la convivencia familiar, al buen humor y a la calidez del espíritu colombiano que se nos han tatuado en la piel, y que todos, ricos y pobres; del interior o de la costa; rojos, azules, verdes, amarillos o de cualquier tinte político, y campesinos o de ciudad, somos hijos y aprendimos tu carácter dulce, la habilidad para rebuscarnos, la poesía en el valle o en las alturas y la buena compañía y la solidaridad con nuestros compatriotas en los momentos más aciagos de nuestra historia.
Como madre nutricia nos has alimentado de la sangre que nos identifica como hermanos, más allá de las diferencias; y, hemos sido desagradecidos y hasta te hemos maltratado y a veces hasta denigrado del destino de compartir nacionalidad.
Perdóname, por no defenderte ante los ataques de quienes no valoran tus tierras y las mal explotan; de quienes desconocen los esfuerzos de anteriores generaciones y maldicen a los antepasados; de quienes han manchado tus campos de violencia política en vez del verde y los colores de la siembra y la cosecha.
Perdóname, por no agradecer que nos ofreces una tierra para convivir como hermanos, para sentirnos orgullosos de ser familia política y para reconocer que venimos de orígenes comunes.
Perdóname, por no cuidarte debidamente; por permitir la llegada de industrias extractivas que contaminan tus aguas; por no cuidar tu medio ambiente y permitir tu deterioro, y por dejar que miles de hectáreas se pierdan a manos de invasores, terratenientes y cultivadores de estupefacientes.
Por ello, me comprometo a cuidarte con suma delicadeza, a enseñarle a mis hijos y nietos que tu tierra y tu paisaje son patrimonio de todos, que lo público no es solo un espacio para exigir sino para cuidar entre todos, y que en torno tuyo debemos consolidar la cultura del respeto y la convivencia.
Porque no tenemos derecho a privar a las próximas generaciones del aire limpio, de caminos y trochas en paz, de una majestuosa fauna y flora y de ambientes libres de contaminación y en paz, para una vida tranquila en la casa común de todos quienes nacimos y convivimos en estas tierras.
Porque, como bien nos enseñó el líder surafricano, Nelson Madela, “un país se construye con hombres y mujeres que aman su tierra y la sirven con honestidad.”
