Cali, octubre 6 de 2026. Actualizado: martes, octubre 6, 2026 19:36
El inolvidable
Mario Fernando Prado, muerto ayer luego de claudicar ante una prolongada enfermedad, era un pianista exclusivo que, como se lo dije muchas veces, despilfarró su genialidad musical.
Se sabía de memoria y tocaba impecablemente al piano más de un millar de canciones.
Las había ido aprendiendo cuando para completar su escaso salario de asistente de Elba Leonor Ortiz Casas, la secretaria fundadora de la Universidad del Valle, se iba seis de las siete noches de la semana a tocar el piano del Hotel Petecuy.
Nos demostró que no había perdido esa memoria y tanta habilidad hasta hace unas semanas, no más, cuando dejó de hacernos llegar diariamente por wasap sus 90 segundos frente al piano.
Pero ni aceptó las tentaciones de haberse ido a mejorar su rendimiento en Alemania, como le ofreció uno de sus profesores, ni volvió ese oficio rentable porque su gozo no compaginaba con las cifras .
Por eso, tal vez, patinó en varias ocasiones con los balances financieros aunque cada uno los superó con el apoyo que moral y económicamente, pero sobre todo amorosamente le dio su esposa, la hija de don Aurelio Arboleda.
Gozó de la vida hasta el exceso. Durmió poco porque entre su agencia de publicidad, el programa de radio, el de televisión que popularizó a Mario Fernando Piano y su columna periodística en El País y El Espectador, apenas le quedaba tiempo para enamorar las ajenas.
Hizo de sus virtudes y sus defectos un amasijo de comportamientos que no todos entendieron y que solo su esposa tradujo en actitudes que hoy deben enorgullecerla.
A mi edad poder decir que ha muerto un amigo de toda la vida, no es exageración.
Fuimos solidarios en las buenas y en las malas, en aciertos y en equivocaciones, durante los 60 largos años trascurridos desde cuando lo conocí en aquella Univalle de 1966.
Incapacitado de disfrazar mi dolor he preferido estar lejos de su funeral, rumiando entre lágrimas la ausencia del inolvidable.
