Cali, septiembre 23 de 2026. Actualizado: miércoles, septiembre 23, 2026 20:06
El último barco negrero de Puerto Cabello, Venezuela
Hay historias que llegan a los puertos cargadas de mercancías, pero también existen aquellas que llegan cargadas de dolor, desarraigo y vidas humanas.
Una de ellas está relacionada con Puerto Cabello, en el estado Carabobo, Venezuela, donde cada 26 de mayo se recuerda la llegada del bergantín Roma Libre, asociado en la memoria histórica con el último cargamento de africanos esclavizados que llegó a Venezuela.
De acuerdo con la versión histórica más difundida, el 26 de mayo de 1825 arribó a Puerto Cabello el Roma Libre, bajo el mando del capitán José del Cotarro, con un grupo de africanos que habían sido trasladados contra su voluntad para ser sometidos a la esclavitud.
Algunas fuentes señalan que eran 35 personas, mientras que otras ofrecen cifras diferentes.
Lo que sí permanece como elemento central de esta memoria es que aquellos hombres y jóvenes llegaron a un territorio en el que las disposiciones legales ya habían comenzado a restringir la introducción y comercialización de esclavizados.
La escena debió ser estremecedora. Después de una travesía marcada por el hacinamiento, el hambre, las enfermedades, el miedo y la violencia, aquellos africanos fueron desembarcados en Puerto Cabello.
Habían sido arrancados de su tierra, separados de sus familias y convertidos en mercancía por un sistema que durante siglos negó su condición humana.
Pero esta historia tuvo un desenlace diferente. Las autoridades locales dispusieron su libertad, evitando que fueran sometidos a una nueva venta.
La tradición histórica porteña relaciona esta decisión con la actuación del síndico municipal Manuel Sojo y de la Junta de Manumisión.
De esta manera, quienes habían cruzado el océano encadenados no terminaron vendidos en una plaza o conducidos a una hacienda como propiedad de un amo.
Sin embargo, alrededor del Roma Libre existe una discusión que también merece ser conocida.
El historiador José Alfredo Sabatino Pizzolante, de la Academia de la Historia del Estado Carabobo, ha advertido que el barco no era propiamente un buque negrero, sino una embarcación armada en corso, y que la presencia de los esclavizados y las circunstancias de su llegada requieren una lectura histórica más cuidadosa.
Incluso señala que la fecha y las circunstancias que hoy forman parte de la conmemoración no coinciden completamente con la documentación disponible.
Esta aclaración no disminuye la importancia de la memoria.
Por el contrario, demuestra que la historia debe ser investigada, contrastada y revisada, especialmente cuando se trata de acontecimientos relacionados con la esclavitud y la diáspora africana.
El episodio del Roma Libre tiene, además, un profundo significado simbólico.
Venezuela se encontraba atravesando los años turbulentos de la Independencia y comenzaban a consolidarse disposiciones contrarias a la trata y a la introducción de esclavizados.
La Junta de Gobierno surgida en 1810 había prohibido la introducción y venta de esclavos, y la Constitución de 1811 incorporó esa prohibición.
Sin embargo, la abolición definitiva de la esclavitud en Venezuela no llegaría sino hasta 1854, cuando el Congreso decretó su abolición y el proceso se hizo efectivo ese mismo año.
Por eso, hablar del último barco negrero no significa solamente recordar una embarcación. Significa recordar a los seres humanos que viajaron en ella.
Cada uno tenía un nombre, una familia, una historia, una lengua, una cultura y unos sueños.
No eran mercancías. No eran números. No eran objetos destinados a enriquecer a comerciantes y propietarios.
Eran hombres y mujeres africanos arrancados violentamente de sus territorios y convertidos en víctimas de uno de los sistemas de explotación más crueles de la historia.
Puerto Cabello, por esta razón, conserva una memoria que trasciende sus calles y su puerto.
Cada 26 de mayo se realizan actos y representaciones que recuerdan aquel episodio y que buscan mantener viva la memoria de los afrodescendientes.
Desde 2005, el 26 de mayo ha sido reconocido como Día Histórico de la ciudad.
Pero recordar no debe convertirse únicamente en una representación teatral.
Recordar es también comprender.
Comprender que la riqueza construida durante siglos estuvo, en buena medida, relacionada con el trabajo forzado de millones de africanos y sus descendientes.
Comprender que la esclavitud no terminó con el desembarco de un último barco.
Sus consecuencias sociales, económicas, culturales y raciales continuaron mucho después de que los barcos dejaron de transportar seres humanos como mercancía.
Y comprender, finalmente, que detrás de cada cifra de la trata transatlántica hubo una vida.
El Roma Libre puede ser visto como el símbolo del final de una época, pero también como una puerta hacia otra historia: la de hombres y mujeres africanos que, aun después de haber sufrido el desarraigo, la esclavización y la discriminación, construyeron comunidades, preservaron culturas y contribuyeron decisivamente a la formación de Venezuela y de América.
La historia no debe recordar solamente a los capitanes, comerciantes y gobernantes.
También debe recuperar los nombres y las vidas de aquellos que llegaron encadenados.
Porque ellos también son protagonistas de nuestra historia.
Por eso, más que celebrar la llegada de un barco, debemos recordar la libertad de quienes viajaron en él.
