Cali, septiembre 14 de 2026. Actualizado: lunes, septiembre 14, 2026 15:31
Un mes de De la Espriella: aciertos y desaciertos
El primer mes de Abelardo de la Espriella no empezó: estalló.
Ningún presidente colombiano en el siglo XXI había iniciado su mandato enfrentando una tragedia de la magnitud del terremoto del 10 de agosto.
La devastación humana, social e institucional marcó un antes y un después para el país y, especialmente, para el suroccidente.
Gobernar en medio del duelo colectivo es un desafío de proporciones mayúsculas, y ese contexto es indispensable para evaluar sus aciertos y desaciertos iniciales.
Aciertos, decisiones que suman:
El primer acierto fue político y simbólico: la presencia constante del presidente, de su ministro Rodrigo Lara y de su esposa en las zonas afectadas.
En un país acostumbrado a mandatarios que gobiernan desde la distancia, la imagen de un presidente que “pone el pecho a la brisa” en medio de la tragedia genera un mensaje claro de responsabilidad pública.
No resuelve la crisis, pero sí construye legitimidad en un momento donde la legitimidad es un recurso escaso.
Otro acierto fue el cambio de enfoque en seguridad.
La neutralización de alias “Bendito Menor” —aunque producto de una operación de inteligencia iniciada en el gobierno anterior— mostró continuidad institucional, algo que suele faltar en Colombia.
De la Espriella no desmontó lo que funcionaba: lo terminó. Y eso, en materia de seguridad, es más importante que cualquier discurso.
También ha sido acertado su esfuerzo por recuperar la confianza del sector privado.
Tras cuatro años de incertidumbre regulatoria, mensajes contradictorios y tensiones ideológicas, el empresariado necesitaba señales de estabilidad.
El nuevo gobierno ha entendido que sin inversión privada no hay crecimiento, y sin crecimiento no hay Estado que aguante.
Otro acierto es el retorno del protagonismo del sector minero‑energético.
No porque debamos quedarnos atrapados en él, sino porque la transición energética no puede ser abrupta ni ideológica.
Requiere gradualidad, técnica y planificación. De la Espriella parece entender que la transición no se decreta: se construye.
Desaciertos: decisiones que inquietan.
Pero no todo ha sido acierto. Y algunos desaciertos han sido graves.
El primero fue el manejo internacional de la tragedia del 10 de agosto.
El rechazo —técnicamente injustificado— de la ayuda mexicana en materia de rescate fue un error que costó tiempo y capacidad operativa para salvar vidas.
México tiene una de las unidades de búsqueda y rescate urbano más experimentadas del continente.
En su lugar, se privilegió el ingreso de equipos de El Salvador y Ecuador, con menor experiencia y tecnología.
La llegada de Israel era necesaria, sí, pero su distancia implicaba más de 16 horas de vuelo. Aceptar a Israel no debía significar excluir a México.
El segundo lunar fue el comportamiento del ministro de Vivienda, Jaime Beltrán.
En medio de la mayor tragedia del siglo XXI, se fue tres días de vacaciones a Santa Marta.
Que el presidente haya decidido mantenerlo en el cargo contradice su propio discurso de “trabajar sin descanso por el país”.
Otro desacierto fue el reconocimiento de la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, una decisión que rompe con décadas de política exterior colombiana, históricamente alineada con el derecho internacional.
Esta acción unilateral de Israel ha sido rechazada por la mayoría de países del mundo.
Hasta hace unos días, solo Estados Unidos la reconocía. Colombia no tenía ninguna razón estratégica para sumarse a esa lista.
También preocupa el manejo comunicacional de los golpes a la delincuencia.
La exhibición del presidente en medio de cadáveres fue grotesca, innecesaria y contraria a cualquier estándar de respeto por la dignidad humana y por la investidura presidencial.
Combatir el crimen no exige imágenes de guerra.
Finalmente, está el tema del gabinete. De la Espriella prometió gobernar lejos de las maquinarias tradicionales, pero los primeros nombramientos han beneficiado a clanes como los Char, el grupo político de Fico Gutiérrez, y descendientes de Laureano Gómez. La distancia entre discurso y práctica sigue siendo un riesgo.
Lo que viene: decisiones que definirán su legado.
Hay decisiones que aún están en el aire. Una de ellas es la relación con China y la Nueva Ruta de la Seda.
Alejarse de esa iniciativa sería un error garrafal que podría desconectar a Colombia de la próxima primera potencia económica mundial.
La política exterior no puede ser un acto de fe ideológica: debe ser un ejercicio de pragmatismo estratégico.
El país está en un punto de quiebre. Y aunque este primer mes ha tenido luces y sombras, lo cierto es que a Colombia le conviene que a su presidente le vaya bien.
No por él, sino por todos nosotros.
Ojalá De la Espriella sepa manejar el timón con serenidad, rigor y altura. Porque cuando a un presidente le va bien, al país también.
