Cali, septiembre 23 de 2026. Actualizado: martes, septiembre 22, 2026 21:58

Daniella Plaza Saldarriaga

Una ciudad que solo se permite sentir cuando tiembla

Daniella Plaza Saldarriaga - Presidenta del Concejo de Cali

Después del 10 de agosto, Cali aprendió a reconocer un sonido nuevo: el silencio que se hace cuando pasa un camión pesado.

La conversación se corta, alguien mira el techo, alguien apoya la mano en la mesa.

Dos segundos. Y después la frase que se volvió costumbre en toda la ciudad:no, tranquilo, fue un carro”.

Ese silencio de dos segundos me parece la radiografía más honesta de lo que somos hoy.

Porque lo otro que aprendimos rápido fue a decir “ya pasó”. A las tres semanas ya casi nadie hablaba del susto.

Los edificios sí los revisamos: llegaron ingenieros, cintas, actas, dictámenes que decían si una estructura era habitable o no.

Tenemos un protocolo para declarar que una casa no está en condiciones de recibir a nadie.

No tenemos ninguno para decir lo mismo de una persona.

A la gente le preguntamos cómo está mientras seguimos caminando, y la gente contesta “bien” mientras sigue caminando también.

Aquí está lo que quiero decir, y sé que no es cómodo: Cali no empezó a sufrir el 10 de agosto.

Los ingenieros lo explican mejor que cualquier discurso: un sismo no crea la debilidad de una estructura, la encuentra.

La grieta ya estaba ahí. El temblor solo la hizo visible.

Antes del terremoto, en esta ciudad ya había cerca de 120.000 personas con un diagnóstico de salud mental.

El 61,5% son mujeres. Casi uno de cada cinco casos corresponde a menores de edad.

En 2023 se registraron 1.078 intentos de suicidio y 91 muertes, y eso nos puso como la tercera ciudad del país en ese indicador.

Ninguna de esas cifras necesitó una emergencia para existir.

Se construyeron despacio, entre una pandemia, un estallido social y años de violencia que no dejaron edificios caídos pero sí dejaron gente rota.

La Organización Panamericana de la Salud estima que, en desastres de esta escala, entre un tercio y la mitad de la población expuesta presenta alguna manifestación psicológica.

Miren esa cifra al lado de la anterior y díganme si el problema es el terremoto.

Lo que el terremoto sí hizo fue algo que ninguna campaña de salud mental había logrado en años: nos dio permiso.

Permiso para decir que no dormimos, que estamos alterados, que un ruido nos descompone.

Por primera vez todos teníamos la misma excusa legítima, con fecha, hora y magnitud. Un motivo tan grande y tan compartido que nadie iba a decirnos exagerados.

Y mi preocupación no es lo que pase estas semanas. Es lo que pase cuando ese permiso se venza.

Sé que esto puede sonar a lujo en una ciudad donde todavía hay familias durmiendo donde pueden, donde hay barrios de ladera esperando que alguien les diga si su casa se puede habitar, donde la urgencia tiene forma de escombro y de arriendo.

Entiendo el argumento. Alguien dirá que primero hay que levantar los muros.

Pero no conozco una reconstrucción que la haya hecho gente que no está en condiciones de trabajar, ni un barrio que se rearme con vecinos que no se hablan porque cada uno está aguantando en silencio.

Aquí viene lo que de verdad nos reveló el sismo, y no tiene que ver con la fragilidad.

En cuestión de semanas se movilizaron más de 900 psicólogos para atender gratis a las víctimas, se activaron líneas de atención, se abrieron rutas.

Es decir: sí sabemos hacerlo. Sí tenemos con qué. Sí somos capaces de reaccionar rápido y bien.

Solo que necesitamos que la catástrofe sea evidente.

Las 91 muertes por suicidio de 2023 no tuvieron magnitud en la escala de Richter.

No movieron un solo muro.

No salieron en cadena nacional. Ocurrieron una por una, en habitaciones cerradas, sin cámaras, a lo largo de doce meses.

Un terremoto en cámara lenta que llevamos años atravesando sin activar nunca la misma urgencia.

A la conversación que quiero abrir en la ciudad le pusimos un nombre: Cali vuelve a sentir.

Y digo esto sabiendo perfectamente el riesgo: en Colombia, ponerle un nombre bonito a un problema es la forma más eficiente de dar la impresión de que ya lo estamos atendiendo.

Un nombre no es una política pública. Una línea telefónica tampoco.

Nada de eso sirve si en seis meses volvemos a tratar la salud mental como el tema que se agenda cuando sobra tiempo en el debate.

El 10 de agosto la tierra hizo por nosotros algo que no habíamos podido hacer solos: nos obligó a admitir que no estábamos bien. Fue brutal, pero fue honesto.

Y la pregunta que me queda dando vueltas no es cuándo vamos a volver a la normalidad.

Es esta: cuando se acabe la excusa del terremoto, ¿con qué permiso va a contar la gente de esta ciudad para decir que sigue temblando por dentro?

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martes 8 de septiembre, 2026
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