Cali, septiembre 9 de 2026. Actualizado: martes, septiembre 8, 2026 21:30
“¿Cómo es posible que ya iba a empezar y otra vez todo se empieza a derrumbar?”
Açaí: crear con las manos cuando el cuerpo pide parar
Alexandra Soto llevaba tres meses sin trabajar. Tres meses entrando y saliendo de una realidad marcada por hospitales, medicamentos y un dolor que desde hace años no le concede un solo día de ausencia.
Apenas estaba tratando de regresar a su vida, de volver a producir, de poner otra vez en marcha Açaí, la pequeña joyería ecológica que había creado precisamente para no dejarse vencer por la enfermedad, cuando la tierra empezó a moverse.
El 10 de agosto estaba sola en casa. Su hijo de 16 años se encontraba en Bucaramanga.
No pensó en salvar las joyas. Tampoco en las cuentas que llevaba meses sin poder pagar ni en los tres meses de trabajo perdidos.
En ese instante solo tomó la llave de la casa y el celular y salió corriendo.
Después regresó, esperó que todo se calmara, hizo una maleta y se fue a Guacarí, donde vive su padre. No quería estar sola. Durante una semana no durmió.
Pero el terremoto que realmente la quebró llegó después, cuando la tierra ya había dejado de moverse. Llegó en forma de preguntas:
¿Cómo iba a pagar? ¿Cómo iba a recuperar los meses que llevaba sin producir? ¿Cómo podía ocurrir aquello justo cuando sentía que, por fin, estaba comenzando otra vez?
“Ahora las deudas otra vez, ahora cómo voy a pagar, ahora me van a agobiar otra vez todo. ¿Cómo es posible que ya iba a empezar y otra vez no sé qué va a pasar?”.
Entonces lloró. “Lloré mucho, lloré mucho, lloré mucho”.
Quizás para entender por qué esas palabras contienen tanto cansancio hay que regresar casi diez años en la vida de Alexandra.
Ella era administradora en salud. Trabajaba en el sector, tenía una vida ejecutiva y se imaginaba un futuro distinto al que finalmente le correspondió vivir.
A su vida llegó el lupus eritematoso sistémico. La enfermedad avanzó, comprometió su sistema nervioso central, los huesos y varios órganos, entre ellos el pulmón y parte del riñón. También afectó la piel y la sangre.
Hace tres años y medio apareció otro diagnóstico: dolor crónico permanente, los 365 días del año.
Hoy tiene una discapacidad múltiple y recibe cuidados paliativos para controlar un dolor cada vez más severo.
Usa parches de buprenorfina. Pero hubo dolores que ningún parche podía aliviar.
Alexandra habla de depresión, ansiedad, baja autoestima, desesperación, llanto.
Habla de lo difícil que fue sentirse incomprendida cuando por fuera muchas veces no parecía estar enferma. Y habla también, sin rodeos, de haber llegado a pensar en terminar con su vida.
Hubo días de cansarse de luchar, días de decir: “No doy más”. Y después, otra vez, algo la hacía regresar.
Fue en medio de ese proceso, acompañada por su psiquiatra y su terapeuta ocupacional, cuando necesitó encontrar algo que le permitiera habitar de otra manera sus días.
Los caminos inesperados

No buscaba convertirse en joyera, buscaba qué hacer con su vida y aunque siempre había tenido habilidad con las manos, herencia de su padre que hacía artesanías, ella lo unió a su gusto por dibujar, pintar, decorar y hacer manualidades.
Empezó entonces a investigar qué podía emprender, pero tenía una condición: no quería hacer algo simplemente porque se vendiera. “Yo decía: ‘Tengo que emprender en algo que no sea común’”.
Leyendo sobre tendencias encontró la economía circular.
Después su padre le mostró una semilla que utilizaban para fabricar maracas. Su hijo sugirió la joyería y por alguna rendija comenzó a aparecer Açaí.
Alexandra investigó semillas, estudió, buscó libros y tutoriales. Aprendió sobre açaí, chambimbe, ojo de buey y jacaranda.
Quería saber cuáles podía tomar de la naturaleza y transformar sin causarle daño. Después comenzó a diseñar y así una semilla se convirtió en un arete. Otra terminó en un collar.
Y, casi sin darse cuenta, mientras transformaba aquellas pequeñas cosas, algo también ocurría dentro de ella. La magia de los colores, los olores, el conocer personas, imaginar un diseño y concentrarse en una pieza, permitió ver como su cabeza tenía otro lugar donde estar.
Entre el dolor y la producción

Hay algo profundamente contradictorio en esa historia: Alexandra encontró una forma de sostenerse emocionalmente haciendo joyas con unas manos que también están enfermas. Le tiemblan, le duelen.
Algunos días despierta y descubre que puede trabajar, entonces aprovecha y hace una pieza, después otra.
Se entusiasma porque las manos responden. Y puede ocurrir que al día siguiente el dolor sea terrible.
Pocos días antes de contar su historia, Alexandra había necesitado una terapia para intentar controlar el dolor. El miércoles, su cuerpo llegó al límite: no podía siquiera levantarse de la cama.
El jueves, aun con dificultad, reunió fuerzas para llevar junto a su hijo las piezas de Açaí. El viernes se sintió mejor. El sábado también.
Fueron dos días de esos que ella aprovecha como si no supiera cuánto van a durar.
El domingo, el dolor regresó. Y con él, esa realidad que Alexandra conoce demasiado bien: puede sentirse capaz de volver a empezar y, de un momento a otro, su propio cuerpo obligarla a detenerse.
Sentada mientras hablaba, su espalda ya le estaba pidiendo descanso.
Ese es el ritmo de Alexandra: avanzar sin saber cuánto durará el día bueno.
Por eso aquellos tres meses de hospitalización anteriores al terremoto habían sido tan duros.
Y por eso el sismo tuvo para ella una dimensión distinta: no destruyó solamente la tranquilidad de una noche; interrumpió un regreso que le había costado mucho conseguir.
La angustia de los días posteriores terminó agravando nuevamente su condición física. El dolor aumentó. Hubo dificultades con sus medicamentos y terminó otra vez en una clínica.
Otra vez una cama.
Otra vez detenerse.
Otra vez la pregunta:
“¿Ahora yo qué voy a hacer?”.
Pasaron cerca de dos semanas hasta que pudo responderse. No encontró una solución extraordinaria. Tampoco apareció de repente el dinero que necesitaba ni desaparecieron las deudas. Simplemente entendió que tendría que hacer algo que conoce demasiado bien.
“Ahora será como hacer como si estuviera empezando de cero de nuevo y de nuevo, y empezar a buscar qué hacer, por dónde arrancar y qué hacer”.
Tal vez ahí está Alexandra. No en una historia perfecta de superación, sino en una mujer cansada que ha tenido que comenzar más veces de las que hubiera querido.
Es madre soltera. Vive con su hijo, que lleva únicamente sus apellidos. Su madre murió cuando Alexandra tenía la misma edad que hoy tiene él. Su padre vive en Guacarí. Su hermano menor está en Bucaramanga. Cuando le preguntan cuál es su motor, no necesita buscar una respuesta elaborada: Su hijo.
Y cuando le preguntan si después de tantos años logró encontrar el propósito de su enfermedad, tampoco intenta convertir el sufrimiento en una lección bonita.
“Yo lo he querido descubrir y la verdad no lo he encontrado”. Hay algo especialmente honesto en no encontrarle una razón a todo. Porque quizás seguir no siempre requiere entender por qué ocurrió lo que ocurrió. A veces basta con preguntarse ¿Qué voy a hacer mañana?
Alexandra todavía mira hacia atrás y reconoce a la mujer que alguna vez imaginó que sería. “Yo tenía tantos sueños. Me veía tan diferente”.
Y quizá esa sea una de las pérdidas más silenciosas: despedirse poco a poco de la vida que uno había planeado sin renunciar necesariamente a tener otra.
Ahora Alexandra vuelve a empezar.
Lo hará con un cuerpo que algunos días no podrá acompañarla. Con unas manos que tiemblan y duelen. Con las cuentas pendientes. Con el miedo que dejó el terremoto. Con su hijo al lado. Y probablemente también con una semilla entre los dedos.
Porque hace años descubrió que algunas cosas pequeñas, cuando alguien decide mirarlas de otra manera, todavía pueden transformarse. Ella también sigue intentando hacerlo.

