Cali, febrero 12 de 2026. Actualizado: jueves, febrero 12, 2026 15:38

Bad Bunny sigue causando revuelo

Del escenario a la conciencia colectiva: el efecto Benito

Del escenario a la conciencia colectiva: el efecto Benito
Foto: archivo particular
miércoles 11 de febrero, 2026

En una época donde el entretenimiento parece regido por algoritmos, fórmulas y audiencias globales que exigen todo y comprender poco, Bad Bunny logró lo impensable: convertir una presentación musical en un manifiesto cultural.

No solo cantó en español en uno de los escenarios más visibles del planeta, sino que activó una conversación profunda sobre identidad, representación y migración. Lo suyo no fue un show. Fue una declaración. Y su eco aún retumba más allá del Super Bowl.

El fenómeno que provocó Benito Martínez Ocasio , conocido mundialmente como Bad Bunny, no puede analizarse únicamente desde la euforia del evento.

Para comprender su magnitud, hay que mirar lo que desató en los días posteriores: miles de mensajes en redes, debates en medios de comunicación, titulares en inglés que intentaban descifrar el “ mensaje oculto ” y lágrimas —sí , muchas— entre espectadores latinos que se sintieron vistos por primera vez en un espectáculo históricamente blanco y anglosajón.

El show como manifiesto

Lo más impactante de la presentación fue su naturalidad desafiante. No hubo necesidad de discursos elaborados ni pancartas específicas.

El mensaje fue visceral: un artista boricua, en su idioma, con su estética, rodeado de bailarines racializados, hablando del amor propio, de las raíces y de la injusticia.

En cada gesto hubo una carga simbólica : la bandera de Puerto Rico ondeando junto a la de México, las coreografías que evocaban tradiciones caribeñas, los visuales con imágenes de migrantes abrazándose, la frase proyectada: “ Juntos somos América ”.

No era escenografía en solitario. Era memoria colectiva. Era resistencia con ritmo.

Una lección de autenticidad global.

Durante años, la industria del entretenimiento nos enseñó que, para triunfar en el mercado global, había que “ adaptarse ”. Es decir, blanquearse, cantar en inglés, suavizar el acento, cambiar el vestuario, occidentalizarse.

Bad Bunny rompió esa lógica. No solo ha consolidado una carrera planetaria sin moverse un milímetro de su identidad puertorriqueña, sino que ha elevado esa identidad al rango de orgullo internacional.

Ese es uno de sus mayores aportes: demostrar que el mundo puede bailar al ritmo de lo latino sin que lo latino tenga que travestirse de otra cosa.

Que se puede ser profundamente local y al mismo tiempo universal. Y que el español — esa lengua a veces marginada en escenarios anglosajones — puede estremecer estadios y titulares sin traducción.

Migrar no es delito. Es legado

Uno de los momentos más potentes fue cuando, tras el último verso de “ El Apagón ”, se proyectó en pantallas la imagen de una familia migrante abrazándose en la frontera.

La ovación fue inmediata. Y no era solo por la estética. Era por el dolor contenido. Porque ese mensaje silencioso — esa imagen sin palabra s — decía todo: los migrantes no son cifras ni amenazas. Son rostros, historias, abrazos. Son cultura viva.

Bad Bunny ha sido constante en este mensaje. En entrevistas, videos y letras ha reivindicado el derecho a migrar, a pertenecer, a ser parte. Su presencia en el Super Bowl no fue solo un logro personal.

Fue un acto de representación simbólica para millones de latinos que sienten que, en el país que los acoge, siguen siendo ajenos. Y eso tiene un poder que ningún algoritmo puede calcular.

La revolución del orgullo

El efecto Benito no termina en el espectáculo. Se cuela en conversaciones de salón, en hilos de X (antes Twitter), en memes y en lágrimas privadas. Porque hay algo profundamente emocional en ver a alguien triunfar sin renunciar a lo que es. Es una revancha íntima para quienes han sentido vergüenza de su acento, de sus raíces, de sus costumbres.

Lo que Bad Bunny hace – más allá de sus beats y letras – es ofrecer permiso: permiso para ser uno mismo, para hablar alto, para reclamar espacio. Y ese permiso, cuando se recibe desde un escenario global, se transforma en antídoto contra la vergüenza y la invisibilización.

Más que una estrella, un síntoma cultural

Benito no es un héroe solitario. Es el síntoma de un cambio más profundo. Forma parte de una generación de artistas latinos que no solo dominan las listas globales, sino que reescriben las reglas del juego.

No vengo a pedir permiso. Vienen a mostrar que la cultura latina no es una categoría menor: es el centro de una nueva narrativa.

En este contexto, su presentación en el Super Bowl fue solo un punto más en una curva ascendente de influencia. Pero un punto que, por su masividad, vendió una idea: lo latino no es una moda. Es una fuerza histórica en movimiento.

Cuando cantar también es sanar

Quizás lo más valioso de lo que hizo Bad Bunny no fue lo que dijo, sino lo que provocó. Ese instante en que una abuela mexicana en Chicago lloró al ver la bandera de su país en pantalla.

Ese niño en Queens que gritó “ ¡ese es mi idioma! ”. Esa madre salvadoreña que sintió que, por fin, alguien en el escenario hablaba de ella sin nombrarla.

Eso no lo logra cualquiera. Eso solo lo logran los que convierten el arte en espejo.

Y Benito , con su música, con su cuerpo, con su fuego, lo hizo. No por estrategia. Por verdad.


Del escenario a la conciencia colectiva: el efecto Benito

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