Cali, septiembre 14 de 2026. Actualizado: lunes, septiembre 14, 2026 17:31
Un mes después del terremoto, el riesgo no desaparece
Réplicas y estructuras debilitadas: la amenaza que obliga a mantener la atención después del sismo
Con el paso de las semanas las réplicas tienden a disminuir, pero eso no significa que el peligro haya terminado.
La experiencia de grandes terremotos en el mundo demuestra que una nueva sacudida, incluso de menor magnitud, puede tener consecuencias graves cuando encuentra edificaciones que ya acumulan daños.
Después de un terremoto fuerte, cada día que pasa sin una nueva sacudida importante puede generar una sensación de tranquilidad.
Las personas regresan a sus actividades, algunos edificios vuelven a ocuparse y la emergencia comienza lentamente a mezclarse con la rutina.
Sin embargo, hay un factor que no debería perderse de vista: las estructuras que resistieron el terremoto principal pueden haber quedado debilitadas y una réplica posterior podría agravar daños que no siempre son visibles.
Ese es uno de los aprendizajes más importantes que han dejado grandes terremotos alrededor del mundo.
No basta con preguntarse si continuarán las réplicas. También es necesario preguntarse en qué condiciones están las edificaciones que recibirían una nueva sacudida.
La historia sísmica muestra que un mes después de un terremoto fuerte normalmente todavía se presentan réplicas, aunque con una frecuencia considerablemente menor que durante las primeras horas y días.
La llamada ley de Omori-Utsu describe precisamente esa disminución progresiva de la actividad, aunque el comportamiento específico cambia de una secuencia sísmica a otra.
El día 30 no marca el final
Durante las primeras horas y días posteriores al evento principal suele concentrarse la mayor cantidad de réplicas.
Alrededor del primer mes, la actividad generalmente ha disminuido de manera considerable, pero no se detiene necesariamente.
Todavía pueden producirse movimientos perceptibles y, después de terremotos grandes, incluso alguna réplica capaz de provocar daños, especialmente sobre construcciones que ya fueron afectadas.
Las secuencias pueden prolongarse durante semanas, meses e incluso años, aunque la frecuencia vaya disminuyendo.
Por eso, hablar del primer mes como una especie de frontera de seguridad puede generar una falsa percepción.
La experiencia internacional muestra casos extremos.
Después del terremoto de Anchorage, Alaska, de magnitud 7,0 ocurrido en 2018, un análisis del Servicio Geológico de Estados Unidos estimó que el ritmo de réplicas podía tardar entre aproximadamente 2,5 años y varias décadas en regresar al nivel previo de actividad sísmica de la zona.
Esto no significa que todas las secuencias se comporten de la misma manera, pero demuestra que el proceso puede ser prolongado.
Christchurch: cuando la réplica fue más destructiva
Uno de los casos que mejor demuestra por qué las estructuras debilitadas requieren atención permanente ocurrió en Christchurch, Nueva Zelanda.
El 4 de septiembre de 2010 se produjo el terremoto de Darfield, de magnitud 7,1.
Casi cinco meses y medio después, el 22 de febrero de 2011, una réplica de magnitud 6,3 golpeó muy cerca de Christchurch y a poca profundidad.
Aunque su magnitud fue inferior a la del terremoto inicial, resultó más destructiva.
La cercanía a la ciudad, la poca profundidad y la existencia de estructuras previamente afectadas aumentaron sus consecuencias. El terremoto causó 185 muertes.
El caso deja una advertencia particularmente importante: una estructura que permaneció en pie después del terremoto principal no necesariamente está en las mismas condiciones que tenía antes del sismo.
Por eso las inspecciones, restricciones de acceso y evaluaciones de las edificaciones no deberían entenderse únicamente como medidas para los primeros días de la emergencia.
También existen antecedentes de secuencias extraordinariamente prolongadas.
Después del terremoto de Tohoku, Japón, de magnitud 9,0 en 2011, la actividad continuó durante años.
Incluso un terremoto de magnitud 7,1 registrado en febrero de 2021, casi una década después, llegó a ser clasificado por la Agencia Meteorológica de Japón como réplica de aquella secuencia.
Otros casos muestran la capacidad de las grandes secuencias para generar movimientos posteriores de enorme magnitud.
En Indonesia, el evento de Nias-Simeulue de 2005 alcanzó aproximadamente magnitud 8,6–8,7 después del gran terremoto de Sumatra-Andamán de diciembre de 2004.
También se han documentado grandes réplicas después de los terremotos de Alaska de 1964, Valdivia en Chile en 1960 y Tohoku en 2011.
Hay que ser cuidadosos, sin embargo, con la clasificación. No todo terremoto que ocurre después de otro es necesariamente una réplica.
Düzce, Turquía, por ejemplo, sufrió un terremoto de magnitud 7,2, 87 días después del terremoto de İzmit de magnitud 7,4.
Aunque existe relación entre ambos eventos, el USGS describe el de Düzce como “otro evento principal”, por lo que no debe presentarse simplemente como una réplica.
Las grandes lecciones que han dejado las réplicas
Una réplica “menor” puede ser el evento más destructivo para una ciudad.
Christchurch demostró que el daño no depende solo de la magnitud: una réplica más pequeña puede causar más muertes si ocurre más cerca de la población, es poco profunda y golpea edificios ya debilitados.
El peligro no termina cuando pasa el primer mes.
La frecuencia suele disminuir, pero las réplicas pueden continuar durante semanas, meses o años; por eso la evaluación de edificios, la vigilancia y las restricciones de acceso deben mantenerse después de la emergencia inicial.
Los edificios dañados deben considerarse una prioridad crítica.
Una estructura que sobrevivió al sismo principal puede tener daños invisibles y colapsar con una sacudida posterior.
Las réplicas pueden agravar los efectos del terremoto y dañar la infraestructura ya debilitada.
La preparación debe continuar durante la recuperación.
En vez de pasar directamente de “emergencia” a “normalidad”, conviene mantener refugios, rutas de evacuación, comunicaciones, inspecciones rápidas y equipos de rescate preparados para nuevas sacudidas.
El pronóstico es probabilístico, no una predicción exacta.
La sismología puede estimar cómo probablemente disminuirá la actividad y qué probabilidad hay de una réplica grande, pero no puede indicar con certeza la hora, el lugar exacto o la magnitud del siguiente evento.
Los pronósticos son útiles para decidir sobre evacuaciones, inspecciones y recuperación, no para prometer que “ya no temblará”.
Hay que distinguir una réplica de un nuevo terremoto relacionado.
Düzce ocurrió 87 días después de İzmit y alcanzó Mw 7.2, pero el USGS lo describe como otro evento principal.
Esa distinción es importante porque cambia la interpretación de la secuencia y evita usar un caso excepcional como si fuera la regla general.
La vigilancia sísmica mejora precisamente después de un gran terremoto.
En el caso İzmit–Düzce, el despliegue de más instrumentos permitió registrar mejor los movimientos fuertes y observar que eventos menores podrían producir aceleraciones importantes en determinados lugares.
Menos réplicas no significa riesgo cero
La disminución de la actividad sísmica con el paso del tiempo es una buena señal, pero no equivale a una garantía.
El riesgo promedio disminuye, aunque la posibilidad de un evento fuerte no desaparece de manera automática al cumplirse una semana, un mes o varios meses.
Y allí aparece quizás el mensaje más importante para las ciudades que comienzan su recuperación: no solamente hay que seguir atentos a la tierra, sino también a lo que quedó sobre ella.
Grietas, deformaciones, desprendimientos o cualquier cambio que aparezca o se agrave después de nuevas sacudidas requieren atención.
En estructuras previamente afectadas, la evaluación y las restricciones de acceso cobran especial importancia precisamente porque el daño acumulado puede modificar su capacidad de responder ante otro movimiento.
La historia demuestra que el tiempo transcurrido es apenas una de las variables.
También importan la magnitud de una eventual réplica, su profundidad, la distancia respecto a las zonas pobladas y, especialmente, el estado en que quedaron las edificaciones después del terremoto principal.
La gran lección no consiste en vivir esperando otra sacudida, sino en evitar que la disminución de las réplicas sea interpretada como el final automático del riesgo.
Como resume la evidencia histórica analizada, la disminución de réplicas reduce el riesgo promedio, pero no elimina el peligro.
La seguridad depende de combinar el tiempo transcurrido con el estado de los edificios, las evaluaciones técnicas, la preparación y la información oficial.

