Cali, agosto 26 de 2026. Actualizado: miércoles, agosto 26, 2026 20:20

Tomás Lombana Bedoya

El terremoto terminó, el miedo no

Tomás Lombana Bedoya

Un terremoto puede durar segundos. Sin embargo, para algunas personas, sus efectos emocionales permanecen durante días.

Once días después del terremoto que sacudió a Cali, les pregunté a 48 estudiantes de la Universidad Icesi qué emociones habían experimentado durante el movimiento, cómo se habían sentido después y qué cambios habían notado en su comportamiento cotidiano.

Las respuestas muestran algo que vale la pena observar: para varios de ellos, el terremoto terminó físicamente, pero no emocionalmente.

El piso dejó de moverse. La ciudad comenzó a recuperar su rutina. Las clases, el trabajo, el tráfico y las obligaciones regresaron.

Pero algunos siguieron atentos a los ruidos, a las alarmas, a los movimientos inesperados y, sobre todo, a la posibilidad de que volviera a ocurrir.

Daniel Castillo lo describió con una frase que resume muy bien esa sensación:

En la noche me cuesta dormir y con cada ruido me altero; dejo unos zapatos listos por si hay que salir”.

Dejar unos zapatos preparados puede parecer un detalle menor. Pero precisamente allí está la fuerza de su respuesta.

No estamos hablando de una gran decisión. Estamos hablando de un pequeño cambio cotidiano que revela que la persona sigue anticipando la posibilidad de una emergencia.

El terremoto modificó, aunque fuera temporalmente, su manera de dormir.

Algo parecido ocurrió con Isabela Giraldo:

La primera semana dormí todos los días con mis papás, sentía que se movía el piso y cualquier ruido o alarma me generaba temor”.

Hay dos elementos que se repiten en distintas respuestas.

El primero es la sensación de movimiento incluso cuando ya no existe.

El segundo es la búsqueda de cercanía con otras personas.

Dormir acompañado, estar cerca de la familia o permanecer en espacios considerados más seguros aparece como una manera de recuperar una sensación de protección que durante el terremoto desapareció.

Salomé Lara Mercado contó:

No he podido dormir bien, cualquier ruido similar a una alarma, incluso las llamadas del teléfono, me asustan”.

Su familia, además, decidió durante varios días dormir en la sala, cerca de un lugar que consideraban más seguro en caso de que ocurriera otro movimiento.

Y Sofía Cardozo Cháux escribió:

No duermo muy bien, me levanto varias veces en la noche, sueño con el terremoto”.

Estas respuestas no permiten hacer diagnósticos psicológicos, ni es esa la intención del ejercicio.

Pero sí permiten observar algo profundamente humano: después de experimentar una situación que interpretamos como una amenaza real, nuestra percepción del entorno puede cambiar.

  • Un sonido que antes era simplemente un sonido comienza a parecer una alarma.
  • Una vibración que antes pasaba inadvertida genera inquietud.
  • Una llamada inesperada en la noche puede producir temor.
  • Y una cama que siempre fue un lugar seguro puede dejar de sentirse completamente segura.

Tal vez por eso los terremotos tienen una característica particular frente a otras emergencias.

No podemos verlos venir.

No existe una nube que anuncie su llegada ni una sirena que nos permita anticiparlos con suficiente tiempo.

El suelo comienza a moverse sin pedir permiso.

Esa imprevisibilidad parece estar presente en varias de las respuestas de los estudiantes.

Más que recordar solamente el movimiento, recuerdan la sensación de no saber qué podía pasar después.

¿Vendrá una réplica? ¿Será más fuerte? ¿Dónde debería estar? ¿Alcanzo a salir? ¿Mi familia está preparada?

Esas preguntas pueden permanecer incluso cuando aparentemente todo volvió a la normalidad.

Hay también un contraste interesante.

Durante el terremoto, muchas respuestas describen miedo intenso, desesperación o la sensación de que podían morir.

Días después, esas emociones cambian de forma.

  • El miedo inmediato se transforma en alerta.
  • La desesperación se convierte en prevención.
  • La necesidad de salir corriendo se transforma en dejar algo preparado por si hay que hacerlo.
  • Y la necesidad de proteger a los demás se convierte en querer permanecer cerca de ellos.

Quizás por eso una emergencia no debería medirse únicamente por los edificios afectados, las grietas, los daños materiales o el número de personas atendidas.

Existe otra dimensión menos visible.

  • La de quienes vuelven a su casa, pero duermen distinto.
  • La de quienes revisan con mayor frecuencia dónde están sus familiares.
  • La de quienes miran con desconfianza una lámpara que se mueve.
  • La de quienes escuchan una alarma y sienten, por unos segundos, que todo puede volver a empezar.

Esto también plantea una pregunta para la ciudad.

Estamos acostumbrados a hablar de preparación ante los desastres en términos de rutas de evacuación, puntos de encuentro, botiquines y protocolos.

Todo eso es indispensable.

Pero quizá deberíamos hablar también de preparación emocional.

Saber qué hacer ayuda a reducir la incertidumbre.

Tener un punto de encuentro familiar evita decisiones improvisadas.

Conocer las zonas seguras de nuestra vivienda puede disminuir el pánico.

Y hablar sobre lo vivido también puede ser una manera de recuperar la sensación de normalidad.

Las respuestas de estos estudiantes dejan una imagen que me parece especialmente poderosa.

Durante algunos segundos, la ciudad perdió la certeza de que el suelo permanecería quieto.

Once días después, para algunos de ellos esa certeza todavía no había regresado completamente.

Por eso tal vez el terremoto no termina exactamente cuando deja de temblar.

Para algunas personas termina cuando pueden volver a acostarse sin dejar los zapatos preparados junto a la cama.

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miércoles 26 de agosto, 2026
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