Cali, agosto 20 de 2026. Actualizado: jueves, agosto 20, 2026 16:13
Lo que también se mueve cuando tiembla la tierra
Un terremoto mueve la tierra y por consecuencia, mueve todo lo que hemos construido sobre ella, paredes, techos, muebles, propiedades.
Después del temblor viene la revisión obligada, ingenieros que evalúan cálculos estructurales, autoridades que inspeccionan edificios, familias que miden el daño en lo material.
Pero hay otro movimiento que ocurre al mismo tiempo, uno que no se mide en la escala de Richter y que casi nadie Audita, el que sacude nuestro comportamiento.
Porque un terremoto también mueve la manera en que actuamos y, sobre todo, revela para quién actuamos.
Existe una imagen instalada culturalmente, que ante la tragedia el ser humano se vuelve caos, pánico, cada quien por su cuenta.
El cine de catástrofes ha alimentado esa idea durante décadas, con multitudes enloquecidas huyendo en cualquier dirección.
Pero la investigación en psicología de emergencias ha ido en sentido contrario.
Los estudios sobre comportamiento colectivo en desastres han cuestionado justamente esa visión tradicional de pánico irracional y comportamientos antisociales, y la evidencia empírica sostiene algo distinto, la mayoría de las personas afectadas por un desastre natural cuentan con los recursos psicosociales suficientes para afrontarlo.
Después del terremoto de Chile en 2010, una investigación con 1.240 sobrevivientes encontró algo revelador, observar a otros ayudando predecía que una persona, a su vez, ofreciera apoyo emocional e instrumental a los demás.
No fue el miedo lo que activó la cooperación. Fue ver a alguien más actuando primero. Frente a la emergencia, los seres humanos no descendemos necesariamente al egoísmo, con frecuencia ocurre lo contrario, emerge una identidad compartida que aumenta la ayuda mutua y la capacidad de organizarnos colectivamente.
Eso es hermoso. Y también es ambiguo. Porque esa misma mecánica actuar porque vemos actuar a otros puede nacer de una identidad genuina de comunidad, o puede estar mediada por algo mucho más frágil, el deseo de que también nos vean a nosotros ayudando.
Las redes sociales han hecho visible ese matiz de una forma que antes no existía.
Hay evidencia de que las plataformas digitales están reemplazando el activismo real por lo que se ha llamado slacktivismo, dar clic en “me gusta” o compartir una publicación, en lugar de involucrarse de verdad.
Y la explicación detrás de ese comportamiento es profundamente humana, cuando a las personas se les da una opción que las exime de la responsabilidad de actuar, muchas la toman. No por maldad. Por economía emocional. Es más fácil sentir que ayudamos que ayudar.
El problema no es publicar que ayudamos. El problema es cuando publicar se convierte en el objetivo, y ayudar en el pretexto.
Frente a la pregunta ¿Haría lo mismo si nadie me estuviera observando?, Es la pregunta que cada quien puede hacerse antes de actuar, y la que separa dos formas de estar en el mundo, la de quien hace porque le nace, y la de quien hace porque los demás también lo están haciendo, o porque necesita que los demás lo vean hacerlo.
No se trata de dejar de mostrar lo que hacemos. Se trata de notar cuándo la necesidad de aceptación colectiva empieza a decidir por nosotros.
La visibilidad, cuando se vuelve el motor y no la consecuencia, nos hace perder el foco.
Y ahí perdemos también algo mucho más valioso, la libertad de actuar por convicción propia, no por encaje social.
Después de un terremoto, revisamos los cálculos estructurales de lo que habitamos.
Es momento de hacer lo mismo con la estructura de nuestras decisiones. No como un llamado abstracto a “ser mejores personas”, sino como un ejercicio concreto, repasar, acción por acción, cuáles nacieron de una convicción real y cuáles del impulso de ser vistos haciéndolas.
El terremoto no solo nos muestra de qué están hechas nuestras edificaciones.
También nos muestra de qué estamos hechos nosotros. Que cada quien haga su propia inspección.
