Cali, septiembre 25 de 2026. Actualizado: viernes, septiembre 25, 2026 16:49
Nariño, el departamento que se siente extraño en casa
A diferencia de la mayoría de zonas limítrofes con otro país que generan una gran actividad comercial, turística y de transporte, las regiones colombianas muestran más limitaciones.
Ninguno de los siete departamentos que limitan con Venezuela, los cuatro con Brasil, los tres con Perú, uno con Panamá y dos con Ecuador, tienen tasas significativas de tránsito, desarrollo ni infraestructura que potencie acuerdos y desarrollos binacionales.
Nariño es uno de esos departamentos. Con una agravante. Enfrenta un lamentable doble distanciamiento: Con Ecuador y, tristemente, con la propia Colombia.
De las fronteras terrestres del país, la de Ipiales con Tulcán tiene un constante movimiento, especialmente de productos agrícolas, manufacturas, textiles y electrodomésticos, en medio de esporádicas tensiones políticas y contrabando, ilegalidad, flujo de precursores, y drogas ilícitas.
El departamento sufre grupos armados ilegales, cultivos ilícitos, minería ilegal y desplazamiento y afectación a comunidades indígenas y afrodescendientes, con Tumaco como uno de los municipios más afectados.
Pero su capital San Juan de Pasto, como sus otros 63 municipios (Ipiales, Túquerres y La Unión, entre otros) parecen ajenos al país.
Se comunican mejor con Ecuador que con sus vecinos departamentos del Cauca, Putumayo y Valle del Cauca.
Esto se entiende, en parte, por la ausencia de óptimas vías cuando las hay, selvas, fallas geológicas que dificultan conexiones, alta pluviosidad y hasta volcanes activos: Chiles y Cerro Negro (en la Cordillera Occidental), y el Galeras (en la Cordillera Central), y que poco favorecen la llegada de inversiones empresariales y de infraestructura pública.
Estas barreras aumentan con la distancia entre Pasto y Bogotá (más del doble que la que hay con Quito) y el poco protagonismo nacional de los nariñenses en el alto gobierno y los diversos sectores de alto impacto.
Esta maravillosa y multivariada población (mestiza en su mayoría, indígena con mucha presencia, afrodescendiente, campesina y migrante) constituye una importante reserva de cultura y nuevas fuentes de productividad para Colombia.
El mundialmente reconocido Carnaval de Negros y Blancos ha sido reconocido como un Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, es uno de sus grandes aportes al país, así como los chiles, la laguna de La Cocha, el Cuy, la bebida del Champús y las empanadas de añejo, entre otros.
El distanciamiento también es histórico y político.
Pasto, que en el siglo XVI fue un centro administrativo, militar y religioso, en la búsqueda de la Independencia se alineó con las tropas realistas como rechazo a la causa libertadora de los patriotas (El militar Agustín Agualongo, o “León de los Andes”, fue quien lideró dicha causa).
Esta actuación, extraña a la ortodoxa historia del país, tuvo su razón de ser: Era una región católica, conservadora, anticriolla, y alineada con la Corona Española.
Muy distanciada de Santafé de Bogotá, y con una población mayoritariamente campesina e indígena, agrícola, que prefería la confianza en la tradición.
Como si hubiera sido un “castigo”, con la Independencia se mantuvo el aislamiento y la baja inversión estatal.
Y así se fue dando un rechazo cultural hacia el centralismo y un anhelo de autonomía y de respaldo a los discursos sobre igualdad territorial.
Mientras Colombia, como reiteradamente lo hemos visto, padece las consecuencias de una irregular distribución de recursos y profundas fragmentaciones regionales, en Ecuador esto no se ve tanto, y eso ha sido atractivo para los nariñenses.
Ese frío distanciamiento de Nariño con el país (aumentado por una temperatura por debajo del promedio nacional en gran parte del departamento), permite explicar, en parte, el lenguaje y las formas de comunicación que caracteriza a sus habitantes.
Algunos los llaman tímidos y callados, otros prudentes o reservados.
El hecho es que por generaciones han estado al margen del protagonismo y la riqueza y más del lado del arduo trabajo y la devoción religiosa.
Para ellos, lo mejor es ser cauto en las palabras. El silencio hace parte de su cultura.
Así como Colombia ha reconocido al prócer Antonio Nariño, por su aporte a la Independencia, está en mora de reconocer a la región que heredó su nombre y que también clama porque su dignidad territorial y diversidad cultural se imbriquen más en la noción de Patria.
