Cali, octubre 19 de 2026. Actualizado: lunes, octubre 19, 2026 14:00

Liza Natalia Rodríguez G

No nos vieron venir

Por Liza Nathalia Rodríguez G. - Ph.D., en estudios de Desarrollo y Territorio

Hoy, cuando las violencias contra las mujeres en los espacios públicos se recrudecen, debemos aferrarnos con fuerza a la memoria de nuestro pasado para resistir los ataques del presente.

Para comprender la misoginia contemporánea, es necesario recordar las múltiples veces que a las mujeres simplemente no nos vieron venir.

Durante siglos se nos negó el derecho al voto, a la educación y a la participación política.

Pretendieron negar nuestra ciudadanía y, en el fondo, nuestro propio derecho a ser y a estar.

Nos quisieron perpetuar como un adorno decorativo en la historia, asumiendo que la presencia femenina en las calles o en la política era apenas un fenómeno marginal o una moda pasajera.

Pensaron que las sufragistas de principios del siglo XX se cansarían; asumieron que la exigencia de tener ciudadanía era un simple capricho.

Nunca imaginaron que se trataba de una masa crítica irreversible que reconfiguraría la democracia para siempre.

Tampoco vieron venir que nos quedaríamos en el mercado laboral.

Nuestra entrada masiva a las fábricas y oficinas se dio en medio de las guerras mundiales, mientras los hombres estaban ocupados con las armas.

Creyeron con ingenuidad que, al firmarse la paz, la economía volvería a funcionar sin nosotras. Se equivocaron.

Lo mismo ocurrió cuando llevamos a la conversación pública la denuncia de los abusos en la esfera privada, la exigencia de la igualdad salarial y la determinación de tomar decisiones de Estado.

Creyeron que nuestro paso por las instituciones sería anecdótico.

Sin embargo, se equivocaron antes y se equivocan ahora.

Hoy, cuando las mujeres estamos definitivamente plantadas en la vida pública, reaparecen los herederos de aquellos que en el pasado no querían vernos votar. Son esos mismos hombres, disfrazados ahora de caricaturistas, amparados en cargos políticos o ejerciendo violencia a la sombra desde las redes y los micrófonos, intentando recordarnos que la esfera pública “no es nuestro lugar”.

Se equivocan otra vez.

No nos vieron venir antes y no nos ven venir ahora. Las mujeres hemos llegado a los escenarios públicos para quedarnos, sin pedir permiso y a pesar de a quienes les incomode nuestra presencia.

No nos vieron venir

Hoy, cuando las violencias contra las mujeres en los espacios públicos se recrudecen, debemos aferrarnos con fuerza a la memoria de nuestro pasado para resistir los ataques del presente.

Para comprender la misoginia contemporánea, hace falta recordar las múltiples veces que a las mujeres simplemente no nos vieron venir.

Durante siglos se nos negó el derecho al voto, a la educación y a la participación política.

Pretendieron negar nuestra ciudadanía y, en el fondo, nuestro propio derecho a ser y a estar.

Nos quisieron perpetuar como un adorno decorativo en la historia, asumiendo que la presencia femenina en las calles o en la política era apenas un fenómeno marginal o una moda pasajera.

Pensaron que las sufragistas de principios del siglo XX se cansarían; asumieron que la exigencia de ciudadanía era un simple capricho.

Nunca imaginaron que se trataba de una masa crítica irreversible que reconfiguraría la democracia para siempre.

Tampoco vieron venir que nos quedaríamos en el mercado laboral. Nuestra entrada masiva a las fábricas y oficinas se dio en medio de las guerras mundiales, mientras los hombres estaban ocupados con las armas.

Creyeron con ingenuidad que, al firmarse la paz, la economía volvería a funcionar sin nosotras. Se equivocaron.

Lo mismo ocurrió cuando llevamos a la conversación pública la denuncia de los abusos en la esfera privada, la exigencia de la igualdad salarial y la determinación de tomar decisiones de Estado.

Creyeron que nuestro paso por las instituciones sería anecdótico.

Sin embargo, se equivocaron antes y se equivocan ahora.

Hoy, cuando las mujeres estamos definitivamente plantadas en la vida pública, reaparecen los herederos de aquellos que en el pasado no querían vernos votar.

Son esos mismos hombres, disfrazados ahora de caricaturistas, amparados en cargos políticos o ejerciendo violencia a la sombra desde las redes y los micrófonos, intentando recordarnos que la esfera pública “no es nuestro lugar”.

Se equivocan otra vez.

No nos vieron venir antes y no nos ven venir ahora.

Las mujeres hemos llegado a los escenarios públicos para quedarnos, sin pedir permiso y a pesar de a quienes les incomode nuestra presencia.

Mujeres, la violencia no discrimina ni escoge ideologías, tampoco distingue posiciones sociales, debemos seguir trabajando unidas para erradicar de una vez por todas la violencia de nuestras vidas.

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