Cali, septiembre 11 de 2026. Actualizado: viernes, septiembre 11, 2026 04:00

William Sánchez Lenis (Debe usarse siempre)

Satanás también puede vivir en el templo

William Sánchez Lenis

¿Qué pasa cuando una institución defiende su imagen por encima de la dignidad de las personas?

El profeta Jeremías confronta a su pueblo porque ellos creen que, solo por tener el templo, Dios va a validar cualquier comportamiento que ellos realicen.

Sin embargo, la denuncia del profeta se basa en que a Dios no le interesan tanto los rituales como el corazón de aquellos que dicen adorarlo.

El profeta Samuel nos muestra cómo el pueblo de Israel lleva el Arca de la Alianza a la batalla, creyendo que su victoria está garantizada, y aun así pierde.

Y tal vez ahí encontramos una de las principales claves: Dios no puede ser contenido en un espacio, no puede ser domesticado por una institución.

El gran avance de la tecnología nos ha llevado a tener una sociedad donde todo lo podemos saber, ver y oír en tiempo real.

Lo acabamos de ver en el terremoto que vivió nuestro país hace unos días, cuando vimos miles de videos de lo que pasó en el momento exacto y no a través de un relato posterior.

Esa realidad de inmediatez también ha llegado a las instituciones religiosas, desde la más solemne y protocolaria hasta la más espontánea y sin una liturgia elaborada.

Poco a poco hemos visto cómo ese velo que recubre ese misticismo de silencio y secreto se ha ido rasgando y deja entrever espacios menos sagrados y místicos y, más bien, espacios humanos, con errores y pecados.

Jesús manifestó que podía destruir el templo y reconstruirlo en tres días, no porque odiara la institución del templo, sino porque el templo se había convertido en un fin en sí mismo, más que en un medio para acercar al pueblo a Dios.

Ahí fue cuando se convirtió en una cueva de bandidos y ladrones.

Nuestra realidad actual quiso mostrarnos distancia con estos hechos, pero definitivamente la historia se repite: primero como tragedia y ahora como comedia.

Durante la Edad Media hemos visto cómo el sentido de la palabra iglesia se convirtió más en una herramienta de poder que en un estilo de vida que buscara la llegada del Reino de Dios a las personas.

Cuando hablamos de la llegada del Reino de Dios, no dejamos de imaginar escenas de película, con grandes acontecimientos naturales y trompetas ruidosas tocadas por ángeles celestiales preparados para la batalla.

Pero nada más lejos del mensaje sencillo que nos dio Jesús.

El Reino de los cielos no se hace presente en la tierra solamente a través de signos externos o de grandes fenómenos naturales, como un terremoto.

Se manifiesta en las personas cuando acudimos en favor del que sufre, del necesitado, del que no pudo llegar, del que miramos como desechable.

Lastimosamente, nuestras instituciones religiosas actuales han vuelto a ese concepto de los fariseos y saduceos del tiempo de Jesús: la institución por encima de cualquier cosa y de cualquier persona.

Eso no solo permite ver cómo, para proteger una institución, se olvida a la víctima de una situación.

También deja ver cómo la institución busca ocultar a quien hace daño y a quien ha hecho algo indebido. Y ahí ese victimario también se convierte en víctima del monstruo más grande: la misma institución.

Pero ese fenómeno no se limita a ocultar los daños que hacen algunas personas para mantener esa supuesta imagen de santa.

También se da cuando, dentro de la cadena institucional, el eslabón más débil simplemente es abandonado a su suerte.

Cuando alguien que no está en las esferas del poder es abandonado en situaciones económicas difíciles, sin que medie la más mínima solidaridad humana o cristiana.

Muchas personas son abandonadas a vivir en el «sálvese quien pueda» dentro de las instituciones, bajo la premisa de que la vida religiosa o ministerial debe estar apartada de lo material.

Y dentro de esa premisa, hasta la más mínima dignidad humana se atropella con la excusa de la falta de recursos de las instituciones.

Los recursos nunca sobran. Siempre serán insuficientes para lograr todas las metas propuestas.

Pero tal vez la meta principal debería ser, en primer lugar, el cuidado de la dignidad humana de las personas que están al interior de una institución religiosa y que son llevadas a condiciones de necesidad, ocultadas detrás de discursos hipócritas sobre la falta de recursos o las supuestas pruebas de vocación.

No quiero decir que tengamos que hacer leña con todo y la palma.

Solo digo que la verdadera misión de las entidades religiosas no está en las estructuras: está en los seres humanos.

Porque cuando una institución necesita sacrificar a las personas para salvar su imagen, quizá ya no estamos frente a una institución que sirve a Dios, sino frente a una institución que terminó sirviéndose a sí misma.


Satanás también puede vivir en el templo

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jueves 3 de septiembre, 2026
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