Cali, julio 29 de 2026. Actualizado: martes, julio 28, 2026 18:55
La democracia también se construye con el otro
fUno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es comprender que la democracia no nació para evitar las diferencias, sino para hacer posible que ellas convivan sin destruirse.
Esa es, quizás, la lección más importante que deja lo ocurrido recientemente en el Congreso de la República de Colombia, donde sectores políticos históricamente enfrentados coincidieron en la votación para elegir las presidencia de sus corporaciones.
Muchos interpretaron ese momento desde la sospecha. Otros hablaron de contradicciones.
Sin embargo, la política democrática tiene una característica que pocas veces reconocemos: es dinámica.
No porque los principios cambien con facilidad, sino porque gobernar y legislar exige construir acuerdos, incluso entre quienes defienden proyectos de país distintos.
En el deporte encontramos una imagen que puede ayudarnos a comprenderlo. Durante el partido, cada equipo lucha con determinación por alcanzar la victoria.
Nadie espera que renuncie a su estrategia o a sus convicciones. Pero cuando el encuentro termina, los jugadores se saludan.
Ese gesto no elimina la competencia ni borra las diferencias. Lo que hace es reconocer que existe algo más importante que el resultado: el respeto por las reglas que hacen posible el juego.
La democracia funciona de manera semejante. El adversario político no es un enemigo; es alguien que representa otra manera de comprender la realidad y que también ha recibido la confianza de una parte de la ciudadanía.
Cuando olvidamos esa premisa, dejamos de hacer política y comenzamos a alimentar la polarización.
Tal vez necesitamos aprender que coincidir en una decisión no significa pensar igual, del mismo modo que disentir no debería impedir el diálogo.
Una sociedad madura no es aquella donde desaparecen las diferencias, sino aquella donde las transforma en oportunidades para construir instituciones más sólidas y decisiones más legítimas.
La política pierde sentido cuando convierte cada desacuerdo en una batalla definitiva.
La democracia, en cambio, nos recuerda que siempre habrá un nuevo debate, una nueva discusión y oportunidad para convencer.
Por eso exige firmeza en las convicciones, serenidad para escuchar y grandeza para reconocer que el país pertenece a todas y todos, no únicamente a quienes piensan como nosotros.
Al final, la verdadera fortaleza de una democracia no está en la ausencia del conflicto, sino en la capacidad de tramitarlo sin perder el respeto por el otro.
Porque cuando entendemos que el rival no es un enemigo, dejamos de disputar únicamente el poder y empezamos, de verdad, a construir país.
Sobre la autora…
Johana Caicedo Sinisterra es una líder social comprometida con el bienestar y la transformación de vidas.
Es profesional en Filosofía, magíster en Educación y doctora en Humanidades.
Desde el servicio público, ha trabajado por la igualdad, las oportunidades y la construcción de una sociedad más humana y justa.
